Iván
Llegué a casa más tarde de lo que pensé. Busqué a Summer por todos lados, preguntándome, dónde diablos podría estar metida. Creí que por primera vez no me había hecho caso y se había marchado, así que saqué el móvil y marqué su número. Escuché el sonido cerca de la sala, donde todo estaba recogido, excepto por una caja fuera de lugar. A medida que me acercaba a la terraza el sonido se hacía más intenso. La encontré dormida sobre la tumbona y el teléfono zumbando a su lado. ¿Tan dormida está? Terminé la llamada y le quité los espejuelos que estaban a punto de caer al suelo.
Me quedé mirando su rostro dormido por unos minutos, e inconscientemente, acerqué mi mano hasta el. Sus ojos, sus labios; eran tan similares. Sus labios. Pasé el pulgar por esa curva que, hasta ahora, no me había tomado el tiempo para admirar cuán perfecta era.
Pasé una semana fuera, lejos de ambas, cero comunicación. Supuse que después de ver a Ivy, olvidaría ese beso que, al parecer, ella tampoco olvidó.
Relamió sus labios al sentir el contacto.
—Espero que lo que sospecho no sea cierto —porque no podré perdonarte.
—Imbécil.
—Summer. ¿Estás despierta?
No contestó, continuó como si nada y cuando puse una mano sobre su brazo para despertarla, me percaté de que su piel estaba fría.
—Estás loca mujer. ¿Cómo se te ocurre quedarte dormida afuera?
La tomé en brazos y llevé a una de las habitaciones. ¿Quién duerme tan profundo que no siente nada? Aparté el edredón y la metí debajo. Cuando estuve a punto de apartarme, me agarró de la camisa y casi la aplasto de no ser porque apoyé las manos a tiempo sobre el colchón.
—Bésame —murmuró con los ojos cerrados.
—¿Estás loca? —No te tomaba por una chica atrevida, Summer Lennox.
—No se te ocurra besarme… beso, beso, bes… —su voz se reducía paulatinamente al pronunciar cada palabra. Sonreí. Obviamente, estaba dormida y más claro aún, tampoco lo había olvidado. Zafé el agarre de su mano en mi camisa y enderecé mi cuerpo para irme a mi habitación.
—Quédate.
***
Desperté enredado en un mar de piernas, sábanas y cabello. ¡Esto es de locos! De todas las mujeres con las que podía haber despertado en mi propia casa, jamás había pensado en la posibilidad de que, Summer Lennox, fuese una de ellas. Giré la cabeza en su dirección, unos cuantos mechones de cabello cubrían su rostro, metiéndose en su boca. ¡Ja! Dormía con la boca abierta. Los hice a un lado e inmediatamente saltó, poniéndose de pie sobre el colchón.
Pensaba que iba despeinada a la oficina; ahora sé que eso era algún tipo de estilo. Con el pelo revuelto, la ropa estrujada y su saya estropeada, murmuró:
—¡Mamá!
—No está.
Se sobresaltó al escucharme. Sus ojos fueron directos hasta mí, la cama y luego de vuelta al punto inicial.
—¿Por qué no estoy en mi casa? ¿Qué haces aquí? ¿Qué hago aquí? ¿Hemos dormido juntos?
—¿Cuál de todas esas debo responder primero?
—Todas.
Se arrodilló sobre el colchón y parpadeó en mi dirección. Me acomodé, cruzando los brazos por detrás de mi cabeza.
—Estás en mi casa, Summer.
—Ya lo sé. Recuerdo haberme quedado dormida después de robarte comida. Pero, ¿por qué estás aquí? Tienes ocho habitaciones. ¿Por qué diablos has dormido conmigo?
—¿Cómo sabes que tengo ocho habitaciones?
—Yo pregunté primero.
—Porque me pediste que me quedara contigo.
Comenzó a reírse a carcajadas, como si hubiese hecho un chiste merecedor de un EGOT*, pero con la misma efusividad con la que brotó su estado de euforia, se puso seria.
—No pude haber hecho eso —hizo una pausa—. Hablo dormida, Iván, ¡por Dios! —dijo bajando de la cama. Hice lo mismo y acomodé mi camisa toda estrujada—. Espera, no dije nada más, ¿cierto?
La miré suspicaz. En dos pasos me puse frente a ella y enredé una mano entre los cabellos enredados de su nuca, necesitaba que me mirase a los ojos.
—¿Qué más podías haber dicho? Dímelo, Summer. ¿Qué es eso que no quieres que sepa?
Me devolvió una mirada nerviosa, sopesando mis palabras, supongo.
—Eh… Mamá. Debo llevar a mamá al parque hoy —intentó alejarse, se lo impedí.
—Son las siete de la mañana, no hay parques abiertos a esta hora.
—Da igual. Debo llegar cuanto antes porque luego debo volver.
—¿Vas a irte así? —pregunté mirando su atuendo—. Toma una ducha al menos. Pareces follada y no te he hecho nada.
Tras un «espera aquí» salí de la habitación, riéndome de la cara de espanto que puso por lo que le dije. Llegué a la sala y busqué la bolsa de ropa que Clara preparó para ella. Su voz zumbó en mi mente una vez más cuando dijo:
«Es la segunda vez que vienes a buscar ropa para ella. ¿Puedo tranquilizarme ya?»
Clara Bell y sus cosas. No sentía nada por Summer, solo un deseo inexplicable gracias a sueños imparables y labios… Mejor me detengo.
Tomé la bolsa y fui arriba. Su ropa ya estaba doblada sobre la cama, escuché el sonido del agua caer y me acerqué al baño para avisarle que dejaría ropa nueva en la habitación. Sin embargo, mis planes de detenerme se fueron al carajo cuando la puerta entreabierta dio paso a su figura desnuda, mojada y perfecta de espaldas a mí.
El plástico crujió en mis manos, tragué fuerte aunque nada. Mi boca estaba como el Sahara y mi amigo, más glorioso que la torre Eiffel. Dejé la bolsa en la cama y salí de allí.
No puedes desearla, Iván. No puedes desear a dos mujeres al mismo tiempo.
“Si puedes, ya lo haces”.
Dejé caer mi cuerpo todo excitado sobre el colchón. Tenía la intención de que habláramos anoche, sobre lo que sucedió en la oficina, aclarar las cosas y que todo volviera a ser como antes. ¿Antes de qué? Debí dejarla marcharse así. De todos modos, a ella no le importaba andar por la ciudad toda desarreglada.
—Parece que quiere cambiar mi guardarropa, señor Harper. No está mal, esta me gusta. ¡Wow! ¡Qué vista! —La vi correr por mi lado y, literalmente, gimió contra el ventanal que daba paso a la increíble vista de Upper East Side —¿Es eso una piscina?
De un momento a otro, estuve detrás de ella.
—¿Te gusta lo que ves?
—Sí.
Incrusté su cuerpo contra el cristal e hice un puño con su cabello húmedo, lo que la hizo gemir nuevamente. Me acerqué a su oído y hablé en un susurro.
—Esta tarde vas a disfrutar esta vista como nadie lo ha hecho. Vas a gemir, no por lo que verás, sino por lo que te haré sentir.
Mi mano libre fue hasta su cintura y clavé los dedos en ella. Se frotó contra mi entrepierna dolorida que no ocultaba el afán. «También me deseas, está claro». Su cuerpo hablaba por sí solo. La volteé frente a mí. Por un momento me contuve de probar esos labios, al minuto siguiente, mi lengua acariciaba esa piel tan suave que no había salido de mi mente. Separó sus labios, alentándome a continuar, tan hambrienta como yo. Quería más, mucho más. Hizo puños de mi camisa a mis costados, cuando mi lengua la invadió más profundo.
—No quiero codiciarte como lo hago, Summer Lennox, pero no me pones las cosas fáciles. Voy a ser claro contigo. Esta tarde te sacaré de mí y todo será como antes. Ahora, di que sí.
Asintió.
—Buena chica. Ahora vete, ve con tu madre y luego vuelve aquí.
*EGOT: Se deriva del nombre de los galardones Emmy, Grammy, Oscar y Tony, y simboliza el mayor hito en la industria del entretenimiento.