Summer
Salí corriendo de allí. Literalmente me escabullí dentro del elevador, y le piqué tantas veces al botón para que se cerraran las puertas mientras Iván me observaba del otro lado del salón que casi se me fractura el dedo. Una sonrisa demasiado amplia estaba en su rostro, demasiado satisfecho y en extremo provocativo. Quería salir de allí cuanto antes y al mismo tiempo quedarme. Besarlo, patearle, entregarme a él, huir… Tenía tantos sentimientos albergados en tan pequeño corazón que no sabía qué hacer ni que pensar.
Salí del edificio con la intención de llamar un taxi cuando uno se detuvo frente a mí. Era más suertuda que la palabra en sí. O tal vez no —pensé cuando un señor de pelo cano se acercó al taxi y el taxista me hizo saber que ya estaba tomado.
—Le pago el doble.
El hombre aceptó de inmediato. Lo que me resultó extraño. Le estaba quitando el taxi a algún millonetis. Le indiqué mi dirección y en menos de diez minutos estaba en casa.
La tía y mamá se encontraban en la cocina, tomando el desayuno. Me uní a ellas y minutos después se nos sumó Nana, perfectamente arreglada para irse a trabajar. A diferencia de mí, Hanna tenía la capacidad de madrugar para arreglarse y llegar a tiempo al trabajo. Su pelo rubio estaba perfectamente peinado, su ropa, escogida a la medida de su cuerpo, no era un desastre como le solían llamar a la mía la tía y los de la oficina.
—Sum, ¿dónde está tu bolso? Necesito de ese perfume prohibido tuyo.
—Está en la… —mierda me lo he dejado—. No está aquí Hanna.
—¿Te lo has dejado en la casa del jefe? —Preguntó la tía, delante de mamá. Mamá me lanzó una mirada de esas que lanzaba cuando necesitaba una explicación.
—Demasiado trabajo. —Expliqué, y obviando la parte en la que había dormido con el jefe, añadí—. Aún debo volver, es el aniversario de la empresa.
—¿Has visto qué fachas trae hoy? —Repuso en dirección a su hija. Abrí los ojos, tanto que parecía que me iba a quedar sin ellos al tiempo que acercaba el vaso de jugo de mamá a su boca.
—Sí, la he visto. Una noche con el jefe y ha decidido renovar clóset.
—No he decidido nada. Tuve un percance con mi ropa y el señor Harper me ha comprado esto.
—¡Qué casualidad! Como que siempre acierta, ¿no?
Logré que dejaran el tema, aunque no fue cosa fácil. Terminé de preparar a mamá y nos fuimos al parque. Hanna esperó a que pasara por su lado —sola— para preguntar sobre el percance que había tenido con mi ropa e Iván Harper.
Allí estaba ella, imaginando cosas que aún no habían sucedido.
“Aún, pero pronto.”
«No quiero codiciarte como lo hago».
«Esta tarde te sacaré de mí».
«Vas a gemir…».
Todas sus palabras hacían eco en mi cabeza, alterándome, excitándome. No quería ponerme a pensar en las consecuencias de ello. Él tenía un objetivo claro, y era resolver sus dudas y alejarse de mí. Una vez y nada más. Yo, en cambio, sabía lo que sucedería después y tendría que hacer de tripas corazón para superarlo.
Llegamos a Riverside Park. Nos encantaba pasear por el, por lo hermoso y lo tranquilo del lugar. Le hablaba a mamá de mis cosas y recordábamos cuando era pequeña y veníamos aquí. Media hora de caminata y mis pies ya pedían su merecido descanso, así que acomodé los botes de helado que compramos en la silla de ruedas, puse los frenos de la silla de mamá y nos sentamos en uno de los bancos frente al río.
Mamá me observaba de manera diferente. Inquiriendo. Cualquiera podría pensar que era normal, pero sus ojos y su expresión facial era la única forma de comunicación que tenía y yo sabía perfectamente que mi explicación en el desayuno no había sido suficiente.
—No te preocupes mamá. No pasa nada entre el jefe y yo. Sabes lo que piensan de mí —mentí encogiéndome de hombros.
Entrecerró los ojos, recorrió de arriba abajo mi vestuario y frunció los labios en mi dirección.
—Ma, no ha pasado nada —aún—. Se me ha roto la saya y Harper le ha pedido a su amiga ropa para mí, no podía andar así la oficina —me excusé.
Negó y volvió a fruncir los labios en mi dirección, esta vez, ladeando la cabeza.
—No entiendo qué quieres decir —dije metiendo una cucharada del helado de almendras en mi boca —y otra vez volvió a fruncirlos.
—¿Qué? ¿Piensas que estoy enamorada de él? —Asintió. Metí otra cucharada en mi boca retrasando mi respuesta. ¿Qué le diría? ¿Qué sí? Eso sería preocuparla en vano, pero, ¿no estaba diciendo demasiadas mentiras en un solo día? —No te preocupes, mamá, mis sentimientos son solo míos. Algún día desaparecerán.
***
Entro. No entro. Entro. Mejor no. Es trabajo.
“El jefe quiere más que trabajo y tú también.”
No pasa nada por un día que no trabaje, puede descontarlo si quiere.
“Cobarde.”
—No soy cobarde, me estoy poniendo a salvo.
—¿Hablando sola?
Llevaba alrededor de diez minutos mirando la entrada al edificio. Debatiendo las posibilidades de lo que sería mi vida si entraba allí, cuando escuché la voz de Clara detrás de mí. Me giré en su dirección para verla dentro de un pequeño pero lujoso auto. Llevaba gafas de sol y sonreía ampliamente en mi dirección. ¿Qué hacía aquí? ¿Era casualidad o Iván la había invitado a la fiesta de la empresa?
—Mmm. ¿Vas a subir o esperarás que me multen?
Apresuré el paso para subir al coche. La escuché hablar de nada en específico durante el trayecto, desde el estacionamiento hasta el ascensor. Esperaba encontrar a todos —o al menos buena parte de la empresa— en el salón cuando se abrieron las puertas del ascensor. Pero nada, no había nadie, solo nosotras. Me quedé pegada al piso mirando el ventanal, ya no por la increíble vista. Literalmente, estaba imaginando la escena.
—¿Summer? ¿Me estás escuchando?
—Disculpa, estaba distraída. ¿Qué has dicho?
—No me lo tomes a mal, no quiero que pienses que quiero cambiarte ni mucho menos, pero, ¡qué bien te queda esa ropa! ¡Niña estás como un horno! —Exclamó colocando sus manos a ambos lados de mi rostro—. ¿Es por lo que dije?
Negué incapaz de hablar.
—¿Te ha invitado, Iván? —articulé por fin y me hizo una seña para que la siguiera.
—Sí, me ha dicho que nunca disfrutas de las celebraciones en la empresa porque solo te pones a trabajar —se volteó hacia mí mientras continuábamos andando—. He venido a impedir eso.
¿Qué ha venido a impedir? Estaba que no procesaba nada.
Entramos a una habitación y me pidió que me sentara. Vació la bolsa que traía en las manos sobre la cama y me pidió que escogiera uno.
—¡Dios! —Se me escapó—. Son demasiado… provocativos.
—¿No pensarás meterte a la piscina en ropa interior? ¿O sí?
Negué. No pensaba meterme de hecho. Pero como dijo anteriormente, ella estaba aquí para impedir eso. ¿Se lo habrá pedido él?
“A él no le importa si disfrutas o no. Solo quiere follarte y nada más.”
¡Qué cruel, por Dios! Nadie pensaría que eres parte de mí.
Escogí uno, el que me pareció menos revelador —ninguno lo era, pero bueno. Al menos no había escogido el trozo de tela que solo cubría mis pezones y de la parte baja, era más lo que quedaba a la vista que lo cubierto. ¡Todo un escándalo! ¿Cómo una mujer de su edad podría escoger algo así para mí? Mi madre infartaría.
Bajamos a la piscina del edificio, ella también cambiada. Tenía entendido que sería en su casa, no en la piscina comunitaria. No entendía para qué me hizo llevar todo arriba en primer lugar.
¿Eres tonta niña o te haces?
La fiesta transcurrió como todos los años, todos en su mundo y a nadie le importaba si yo disfrutaba o no. Aunque, sí tuve la mirada de todos sobre mí por el atuendo que llevaba. Estaba segura de que nadie se esperaba que me apareciera en bikini en la fiesta como todos ellos en lugar de mi ropa de todos los días. Me pegué como lapa a Clara, era la única que me prestaba atención de todos modos, a excepción de Eric cuando nos acercamos a ellos.
—Otra vez en bikini, Sum.
¿Desde cuándo me llamaba Sum? Ah sí, Hanna. Lo miré de reojo a través de los espejuelos luego de quitarle la vista de encima a su amigo. Estuvo muy comunicativo temprano en la mañana, pero desde que estábamos allí, había decidido ignorarme. No sabía si sentirme agradecida o dolida por eso.
Se acercó a mi oído y susurró:
—Iván tiene muchas habitaciones arriba. Vamos a pasarla bien, seré buen… —le propiné un buen codazo en las costillas.
—Quiérete un poquito, anda. Si no, voy a… —alguien carraspeó. Sí, había sido él.
—Si no, ¿qué? —Doblando los dedos, le enseñé las uñas.
—Voy a pensar que eres masoquista.
Me alejé de ellos mientras Clara le recordaba que era un idiota.
—Me has dejado marcas, salvaje —vociferó riendo delante de todos.
***
—Eric es un imbécil, Clara. No dudaré en poner mis manos sobre él si vuelve a acercarse a mí —advertí entrando en la habitación donde había dormido. Necesitaba recuperar mi bolso para largarme de allí.
—Eric nunca va a cambiar, desde pequeño siempre fue así de atrevido y pedante. Pero no tienes que irte, Summer.
—Me voy. Estás invitada a mi casa siempre que quieras, pero aquí —dije señalando el lugar con el índice— no me quedo.
Agarré todas mis cosas y las metí en el bolso, incluyendo mi falda maltrecha y me lo eché al hombro.
—¿Vas a irte en bikini hasta tu casa?
—Sí.
Giré mi cuerpo hacia la puerta para irme. No fui a ningún lado. Sentí el crack de mis espejuelos al chocar con un pecho duro.
—¡Mierda!
—Déjanos solos, Clara.