Alicia voló a la Escondida esa misma noche. Le dio una gran sorpresa a Diana y a sus padres. Ninguno de ellos la esperaba hasta el viernes como habían acordado, pero ahí estaba ella, con un pequeño ramo de girasoles para su hija y pastelitos para sus padres. —¡Mamá! —gritó Diana al verla parada en el umbral del comedor. La niña se puso de pie como si fuera impulsada por un resorte, corrió hacia su madre quien se agachó para abrazarla. La niña se aferró a su cuello, llenándole de besos la mejilla, haciéndole cosquillas a Alicia. —Te he extrañado, mamita —dijo entre lágrimas y risas. —Y yo a ti, cariño. Todos los días pienso en ti —le respondió, entregándole el ramo de girasoles. —¿Son mías? Alicia asintió con una sonrisa en los labios. —¡Me encantan, mamita! ¡Son los mejores girasole

