TIEMPO PERFECTO Un denso silencio llenó la oficina, roto únicamente por la respiración irregular de Jonathan. Jamás en toda su vida se había sentido más nervioso que ahora. Ni cuando Guillermo lo descubrió con Amalia en la oficina y eso era decir mucho. Había estado tentando al diablo descaradamente. La mano de Mali se apretó sobre sus dedos; estaba temblando y sudando. Jonathan quería consolarla. Asegurarle que todo estaría bien. No se atrevía a mentir; no sabía qué era lo que Guillermo iba a hacer, cómo iba a actuar con la noticia. Debía reconocer que había muchas maneras de darle la noticia y que había elegido la peor. Sin embargo, tenía la esperanza de que Guillermo lo perdonara. Él no podía matarlo. No debía. Era el prometido de su hija y el padre del bebé que ella esperaba.

