Una es buena, pero tres son insuperables Alicia dobló la frazada; era la última y se la entregó a Guillermo. Él la tomó como si fuera lo más natural del mundo y la metió en la maleta, como si no fuera el magnate más importante del ron. Ella sonrió. Guillermo tomaba cada pequeña prenda con más seguridad de la que tomó el galardón en la premiación meses atrás, cuando aún no sabían que serían padres. —¿Por qué me miras tanto? —preguntó él, cerrando el cierre de la pañalera color rosa. Alicia esbozó una ligera sonrisa, acariciando su barriga como si fuera un escudo. Y vaya que sí lo era; en las últimas semanas había aumentado su tamaño. Ella ni siquiera podía ver la punta de sus pies de lo grande que era. —¿Lo tengo prohibido? —preguntó, haciendo un puchero, haciendo que sus ojos se llen

