Me equivoqué contigo Alicia despertó al escuchar la puerta abrirse y cerrarse; aunque su visitante era sigiloso, ella tenía el sueño liviano; desde que los trillizos llegaron, siempre estaba alerta. Era su instinto de madre. Se fijó en la hora en el reloj sobre la mesa de noche; pasaba poco más de las diez. Se giró para encontrarse con el intruso. —Lamento despertarte —se disculpó Guillermo, sentándose a la orilla de la cama, inclinándose sobre ella para darle un beso en los labios. La tenue luz de la lámpara les dio privacidad y romanticismo. Alicia se sintió por un momento transportada a los tiempos antiguos, cuando las velas alejaban la penumbra de la noche. —Volviste —musitó ella, cubriéndose el bostezo con el dorso de su mano. Sus ojos se humedecieron. —Lamento hacerlo tarde.

