Andrew y yo nos volvimos amigos. Dada nuestra cercanía.
Llegó a consolarme cuando mi madre murió y siempre cuido de mí en la escuela cuando alguien me molestaba, como aquella vez que le dio una golpiza a Jason Marín por haberme tocado el trasero cuando tenía 15 años, ni siquiera supe cómo se enteró.
Aunque él peleaba mucho y Jason se lo merecía, no soy partidaria de la violencia, ¿es qué acaso no sabían entablar una conversación civilizada para resolver sus problemas?
Hombres …
Siempre volvíamos a casa juntos y todos se preguntaran ¿por qué si Andrew no me caía tan bien? Eso es fácil y sencillo de responder, él tenía auto y yo no.
Sus padres se lo habían regalado cuando consiguió su licencia para conducir.
No vivíamos tan lejos de la escuela, pero tampoco quería ir o regresar caminando, mucho menos cuando hacía frío o llovía, así que, o era ir en autobús o ir en el carro con Andrew.
Elegí la opción dos.
Me hacía sentir mal que Andrew tuviera que llevarme y traerme todos los días de la escuela, así que me propuse ahorrar un poco de dinero para dárselo, no se iba a hacer millonario con eso pero algo es mejor que nada.
Yo sabía que Andrew pagaba la gasolina con lo que ganaba trabajando en el cine los fines de semana. Al principio creí que su mamá lo había obligado para que me llevará, pero después me enteré que ella ni siquiera sabía.
Cada día le insistía para que tomará mi dinero pero siempre se negaba, hasta que un día ya cansado me enfrento.
—¿Quieres pagarme? Bien, hazlo— dijo molesto.
—¡Por fin!— sentí que había ganado una batalla, estaba sacando el dinero de mi mochila cuando me detuvo.
—La cuestión es que yo no acepto efectivo— dijo con una sonrisa coqueta.
Podía sentir como toda la sangre se salía de mi cuerpo al imaginar que me podría pedir.
Andrew reía divertido —vamos, no te voy a pedir nada sucio— se estaba burlando de mí.
Ni siquiera sabía si sentirme aliviada o indignada, ¿es qué acaso él no me consideraba atractiva?
De acuerdo, estaba algo molesta pero por el hecho de que se estaba riendo de mí.
—Tampoco te lo daría así rogaras por ello, preferiría irme caminando y que me agarre una tormenta y morir ahogada.
Él negaba con la cabeza, divertido con mis palabras —bueno lo que te voy a pedir es que me ayudes a estudiar cálculo, álgebra, física, cualquier cosa que tenga números, ya sabes para evitar la fatiga— mejor ni le digo que también llevan letras.
El trato me parecía más que justo, por mi parte claro, porque soy muy buena con los números, además sería fácil ya que vamos en el mismo año y tenemos muchas de esas clases compartidas
—Perfecto, ¿a qué hora puedo ir a tu casa?— pregunté feliz.
—Esa es la otra cosa, no quiero que mi padre se entere que tengo problemas con las materias … así que estudiaremos en tu casa y dirás que soy yo él que te ayuda a ti.
Cabronazo.
En parte lo entendía, el señor Thompson no es alguien que vea los fracasos muy bien.
Una vez, aprendiendo a andar en bicicleta Andrew se cayó. Era normal acabamos de dejar las rueditas, estábamos en el parque y cayó dónde el suelo era grumoso, supe que le dolió mucho porque, por más que se esforzó se le salieron algunas lágrimas, nuestros padres se acercaron y el señor Thompson le dijo que no debía llorar, que solo lloraban los débiles y que su hijo no era uno, Andrew sólo se levanto, se limpio las mejillas y dijo sí señor.