A Valeria los nervios hicieron que le sudaran las manos, mientras trataba de que su cerebro decidiera rápido: “Quien carajo me habrá mandado a meterme en esto, todo por hacerle caso a Alondra”, pensó en el momento que sintió una patada en sus pantorrillas y abrió los ojos sorprendida. —Valeria el señor…disculpe—se interrumpió Alondra— ¿Cómo dijo que se llamaba? —Aunque su rostro le era bastante familiar. — ¡Oh, lo siento! No se los había dicho, mi nombre es Leonardo Ricchetti y ¿Ustedes señoras? —Preguntó con una sonrisa fascinante. —Yo soy Alondra Sebastini y ella es Valeria Febres, pero si quiere puede sentarse en nuestra mesa y acompañarnos—ofreció la chica sin titubeo, ante la sorpresa de su suegra. —Por supuesto, es un placer, andamos en grupo, pero desde que llegaron, no pude dej

