Habían sido meses realmente intensos. Mis padres me cuidaron mucho. Casi no me dejaban sola. Mamá se había vuelto una sombra constante: vitaminas, controles, comidas preparadas con esmero, vetos a cualquier esfuerzo. Papá, por su parte, había convertido la casa en una fortaleza silenciosa donde nadie hablaba demasiado alto ni traía malas noticias si podía evitarlo. Pero el embarazo de mi bebé fue complicado. De alto riesgo. La condición de ovarios poliquísticos, sumada también a la anemia que arrastraba desde antes y al desgaste emocional de haber perdido a Leo, había hecho que cada semana se sintiera como una batalla. Amenazas de parto prematuro. Sangrados leves que me dejaban días en reposo absoluto. Noches en vela revisando que el pequeño corazón siguiera latiendo en las aplicaciones

