Me quedé mirando mi reflejo un segundo más. Era ridículo lo mucho que extrañaba esas pequeñas peleas tontas. Extrañaba que me dijera que odiaba algo solo para después besarme y decirme que en realidad le encantaba. —Supongo que todavía no aprendo —murmuré, quitándome la corbata y metiéndola en el bolsillo del saco. Landon sonrió con complicidad. —Ella volverá, señor. O usted irá por ella. Siempre lo hace. No respondí. Solo asentí y salí hacia el auto. Por dentro, sabía que tenía razón. Pero por ahora, solo podía aferrarme a los recuerdos… y a esa maldita corbata que ella fingía odiar. El coche avanzaba suavemente por los caminos verdes de Inglaterra, el paisaje rural salpicado de colinas y antiguas arboledas que se deslizaban como un cuadro vivo bajo el cielo nublado. Mi madre permane

