La doctora siguió hablando de vitaminas, dieta y seguimiento, pero yo apenas la escuchaba. Solo podía pensar en que el tiempo se me estaba acabando. El acuerdo estaba por terminar. Mikhaela hablaba cada vez más de volver a México. Y yo… yo no estaba dispuesto a dejarla ir. Cuando salimos de la consulta, la tomé de la mano con fuerza y la llevé al coche. —No estás embarazada —dije en voz baja, casi para mí mismo. Mikhaela no respondió de inmediato. Solo miró por la ventanilla. —Alfred… —empezó. —No —la corté, atrayéndola hacia mí—. No digas nada. Vamos a seguir intentándolo. Vamos a hacer todo lo necesario. No me importa lo que diga la doctora. Tú vas a darme un hijo, Mikhaela. Y te vas a quedar conmigo. Ella se tensó entre mis brazos, pero no se apartó. Yo la abracé más fuerte, besán

