Me quedé mirando las joyas un momento, sin saber muy bien qué sentir. Eran hermosas. Exageradas. Absurdamente caras. Reí fuerte, casi con incredulidad, y lo miré a los ojos. —¿Así es como tratas a todas tus amantes? —pregunté, con tono burlón pero con un filo real. Alfred sonrió, sin apartar la mirada de mí. Tomó el collar con delicadeza y se levantó para ponérmelo. Sentí sus dedos rozando mi nuca mientras lo abrochaba. —No —respondió con calma, inclinándose para susurrarme al oído—. Así es como trato a mi mujer. Un escalofrío me recorrió la espalda. No supe si fue por sus palabras, por el peso del collar en mi cuello o por la forma posesiva en que lo dijo. Cuando se sentó de nuevo, me miró satisfecho, como si ya me hubiera marcado. —Te queda perfecto —murmuró—. Aunque nada se compa

