―¡Suéltame, bestia! ―exigió Nayla removiéndose entre los brazos de Hank.
―No hasta que me regreses las llaves que me pertenecen.
―¡Tómalas si te atreves! ―desafió Nayla confiada en que Hank no sería tan estúpido como para tocarle el trasero.
―¿Crees que no soy capaz? ―inquirió fingiendo seguridad haciéndola temblar por su intrépida osadía.
Él no pudo evitar acercarse más al rostro de la chica, sus ojos se posaron por un instante en sus gruesos labios que se comenzaba a saborear. Si no la soltaba, no iba a controlarse.
Así que, en un movimiento rápido, deslizó su mano por la curvatura de la chica sintiendo que se le calentaba todo el cuerpo al escuchar que de ella escapó un ligero gemido tras sentir su tacto. Finalmente, sus dedos tocaron las llaves y las sacó del bolsillo para después soltarla y correr por las escaleras, dejándola descolocada y desarmada.
Al llegar al apartamento, Nayla se encontró con la puerta entreabierta y entró sintiendo que las piernas le temblaban.
Hank se encontraba sentado en el sillón que había en la estancia y la observó con atención al entrar.
Era una guerra de miradas y, ninguno de los dos quería perderla.
Nayla se quedó de pie cruzándose de brazos y, entonces decidió no pelear más. Así que, tomó lo que quedaba de su maleta.
—¿Te rindes? —cuestionó Hank con una mezcla de decepción y preocupación. Todo ese lío le estaba gustando y no quería que se fuera—. ¿A dónde irás?
Ella se giró para confrontarlo.
—¿Acaso escucho preocupación en tu voz? —ironizó.
Él cambió de inmediato su expresión, pues ella lo había atrapado.
—¡Por supuesto que no! ―exclamó escondiendo su verdadero sentir―. Puedes irte si quieres, me lo haces más fácil.
Nayla sonrió al verlo desviar la mirada y, caminó a una de las habitaciones. Comprobó la que estaba vacía y notó que era más pequeña que la anterior donde el chico tenía sus pertenencias así que, se fue con la intención de adueñarse de esa pieza.
—¡Oye! ¿Qué haces? —exclamó alcanzándola a la habitación donde ella colocó la maleta sobre la cama.
—¿Eres ciego? Me estoy instalando —obvió sacando sus pertenencias para comenzar a ordenarlas.
—No, niña. Esta habitación es mía ―aclaró él.
—¿Ah sí?, ¿dónde lo dice?
—Llegué primero, por derecho me corresponde elegir.
—Es una lástima, porque no pienso salir de aquí.
—Claro que vas a salir de aquí —amenazó.
—¿Y si no quiero? —desafió sin prestarle atención acomodando lo que contenía su maleta.
—Te voy a obligar —anunció.
—Quiero ver que lo intentes —provocó sin mirarlo.
Él sacudió exasperado con su mano su cabello y se acercó a ella cargándola en su hombro.
—¡Suéltame, salvaje! —chilló exigente dando golpes contra su espalda, pero él no obedeció.
Caminó fuera de la habitación llevándola a la contigua para depositarla sobre la cama. Pero ella no se iba a quedar sin dar pelea, se levantó enseguida de la cama y atrapó al chico subiendo por la espalda pasando sus brazos por el cuello de Hank.
—¡Suéltame, niña! —exigió tratando de zafarse.
—Una niña no tendría mi fuerza —señaló entre gimoteos.
Él resopló una sonrisa aflojando su cuerpo y, ella se quedó quieta esperando algún movimiento.
Hank sonrió y, se giró rápidamente al sentir que ella bajó la guardia. La tomó nuevamente por la cintura encarándola y haciéndola retroceder hasta que sus piernas toparon con la cama y cayó con Hank encima suyo.
—Eres una niña —sostuvo con una sonrisa ladina y victoriosa muy cerca de su rostro inmovilizándola.
No pudo evitar que, al estar tan cerca de ella, su mirada se fijara nuevamente en sus labios carnosos que comenzó desde un rato atrás a desear.
—¿Tregua? —propuso Nayla al sentir el rostro de Hank muy cerca—. La habitación es mía.
Él la miró admirando sus bellos ojos adornados con unas largas pestañas.
—De acuerdo. Te dejaré ganar únicamente esta vez ―acordó Hank quitándose inmediatamente de encima de ella―. Tregua.
—Por tiempo limitado —aclaró Nayla sentándose.
Hank se puso de pie y encaró a Nayla extendiéndole la mano para sellar el trato.
—Así que… ¿Nayla? —preguntó al tiempo que ambos caminaron a la otra habitación.
—Sí, Nayla Drake. Escuché que te llamas Hank, ¿cierto?
—Hank Lee —confirmó y se quedó recargado en el marco de la puerta.
—Será difícil de recordar —mintió Nayla—. Eres un Mono salvaje.
—Qué grosera.
—¿Grosera, yo? —cuestionó indignada—. Tú me llamaste Cabeza de ramen.
—Ok, ok. —Rio ante su acusación—. Estamos a mano. ¿De dónde vienes?
—Canadá.
—Ah, el país con la hoja de maple.
—Y tú, ¿de qué parte de oriente vienes?
—Seoul, Corea del Sur.
—Así que… ¿estudiante?
—Ahám.
—¿Y qué estudias exactamente?
—Danza.
—¿Danza?
—Me gusta el baile.
—¿Y qué bailas?
—Quizá algún día tengas la dicha de verme bailar. Es mejor verlo que decirlo. Igual no lo entenderías.
—No me muero de ganas, puedes estar seguro ―aseguró acomodando su ropa caminando por la habitación.
—¿Y tú qué haces exactamente en Michfield? ―preguntó Hank.
—Me independizo.
—¿Y es verdad que a tu madre le costó aceptar?
—Sí.
―Hmm ―de pronto el timbre comenzó a sonar y ambos se miraron.
―¿Esperas a alguien? ―preguntó ella.
―Probablemente ―respondió él encaminándose a atender.
Nayla se quedó a terminar de acomodar sus cosas y al terminar, llevó las pertenencias de Hank a la otra habitación.
―¡Ya voy, ya voy! ―gritó Hank tras la puerta.
―¡El realizado! ―exclamó un chico de la misma estatura que Hank.
―Creí que ya no vendrías, Neal ―admitió Hank cerrando la puerta tras dejar que su amigo pasara, observando que cargaba un par de cascos en sus manos por lo que no lo saludó con un abrazo.
―Tuve un problema con la moto, pero ya se solucionó. Aquí estoy. ¿Ya terminaste?
―Aun no. Hubo un problema.
―Bien, lo resuelves luego. Ahora mismo tenemos que irnos. Habrá una fiesta en la fraternidad. Hay qué festejar que eres un hombre independiente ―animó sentándose en el sofá dejando el casco a un lado.
―Sí, verás… ―vaciló al hablar rascando su nuca, no sabía cómo decirle que no iría a esa fiesta.
―Llevé tus cosas a la otra habitación… ―anunció Nayla sin haberse percatado del visitante hasta que estuvo por completo en la estancia, donde se detuvo tras notar la mirada de ambos chicos sobre ella.
―Hola ―saludó Neal inmediatamente sin esperar a ponerse de pie.
―Mi roomie… ―dijo Hank sin dejar de notar la mirada en su amigo.
―Un placer, señorita. Soy Neal Sumpter ―Se presentó acercándose a ella estrechando su mano―, amigo de Hank.
―Oh…
―Ella es Nayla. Nos conocimos hace unas horas y nos enteramos de que, nadie nos avisó que así sería esto ―explicó Hank―. Ambos nos llevamos la sorpresa.
―Bueno, no es tan malo tampoco ―mencionó Neal mirando embelesado a Nayla que, no notó la expresión de incomodidad en su amigo―. Hasta a mí me hubiera gustado llevarme una sorpresa así.
―Bueno, yo los dejo solos ―dijo Nayla un poco aturdida―. Tal vez quieren conversar…
―No, para nada ―Apresuró a decir Neal.
―De hecho, sí ―dijo Hank―. Tenemos una fiesta a la cual ir.
―Pero… ―protestó, o eso intentó, sin percatarse de que Hank quería una sola cosa, y eso era sacarlo a él del apartamento, pues no le gustó cómo miró a Nayla.
―Andando, Neal. O llegaremos tarde a tu fraternidad ―señaló Hank tomando uno de los cascos que Neal dejó sobre el sofá y se dirigió a Nayla―. Espero que, cuando regrese, mis cosas sigan en mi habitación y la cerradura siga siendo la misma.
―¿Tanta desconfianza te generé? ―cuestionó ella con el ceño fruncido, lo cual no le fue indiferente a Neal.
—No es eso. Pienso más bien que, en algún momento, alguno de los dos tendrá que ceder —anunció.
—Cierto. Y no seré yo —especificó ella con seguridad.
—¿Por qué estás tan segura? —inquirió Hank con diversión.
—Porque no me dejo vencer tan fácil.
—El futuro es incierto.
—Algo en lo que estamos de acuerdo. Escribiré en mi futuro como gano este lugar ―alardeó Nayla―. ¿Quieres verlo?
—No ganarás.
—¡Claro que sí! —aseguró ella.
—¿Quieres apostar? —propuso Hank.
—Es malo apostar.
—Tienes miedo.
―No tengo miedo. Sabes que ganaré.
—Bien. ¿Qué pides si ganas?
—Obviamente, me quedo con el apartamento. Y si me imploras de rodillas, quizá considere dejar que te quedes.
—Eso no pasará —aseguró colocándose el casco encima para ocultar un poco lo que la chica provocaba en él; no quería que su amigo se diera cuenta de ello.
—¿Trato? —inquirió Nayla acercándose a él para extender su mano.
Él dejó escapar una ligera risa sin opción a negarse. Se acercó a ella y estrechó su mano.
—Trato.
—¿Y tú? —preguntó Nayla retirando su mano.
—¿Yo? ―inquirió sin entender.
—Sí. Si tú ganas; que lo dudo —burló—, ¿qué pedirás a cambio?
Se acercó a ella y dijo en su oído:
—Será un secreto.
—No puede ser un secreto —protestó ella—. Tienes que exponer lo que quieres. No sabré por qué estarás peleando.
—No es necesario. Con el tiempo lo sabrás —dijo sembrando curiosidad en ella y salió del apartamento seguido de su amigo que, no caminó sin antes despedirse de ella con una sonrisa.