POV: Alma
Dormí mal.
No por los vecinos ni por la lluvia, sino por una frase que no paraba de dar vueltas en mi cabeza: alguien allá arriba quería ver qué veía yo.
Ayer fue mi primer día y ya me habían lanzado una muestra de Sonata. En el bus de vuelta a casa, justo antes de quedarme sin datos, vi el correo de Fernandez:
“Desde mañana tendrás acceso completo al proyecto Sonata.”
Acceso completo. Segundo día.
En el bus hacia Nova Lyra, abracé la carpeta con mis credenciales como si el plástico pudiera protegerme de algo que todavía no entendía.
Cuando crucé el lobby de Frederick Tower, el olor ya familiar me golpeó: café, perfume caro, desinfectante. Y debajo, tenue, ese eco de tormenta que intenté ignorar.
El ascensor hasta análisis de riesgo iba lleno. Nadie hablaba. Yo miré los números subir.
Veintiocho. Recursos Humanos.
Treinta. Dirección.
Treinta y uno. Nuestro piso.
Mila ya estaba en su cubículo cuando llegué. Pelo húmedo, termo enorme, expresión de “no me hables hasta el primer sorbo”.
—Mira quién volvió —dijo—. Eso ya es un logro. Hay gente que renuncia mentalmente el primer día.
—Todavía no sé cómo se hace eso —respondí, dejando la mochila en la silla.
Me estudió un segundo.
—Esa es cara de correo sospechoso —diagnosticó—. ¿Qué hicieron ahora contigo?
Encendí el computador. El sistema tardó lo justo para aumentar mi suspenso. Cuando apareció el escritorio, ahí estaba el mensaje de Fernandez, esperándome.
Se lo mostré.
“Alma,
desde hoy tendrás acceso a todas las carpetas y bases de Sonata. Trabajarás únicamente en ese proyecto hasta nuevo aviso. Cualquier hallazgo debe quedar documentado.
F.”
Mila silbó.
—Segundo día, foco exclusivo y sello de “por instrucción de arriba” —resumió—. Felicidades, eres oficialmente una anomalía estadística.
—O un experimento —murmuré.
—Las dos cosas no se excluyen —respondió.
Apareció Fernandez, casi como si lo hubiéramos invocado.
—Trish —dijo—. ¿Vio el correo?
—Sí, señor.
Dejó una carpeta sobre mi escritorio.
—Aquí hay actas, resúmenes y algunos informes viejos —explicó—. Nada sale de este piso. Usted ya vio una muestra; ahora quiero que revise el proyecto completo. Marque todo lo que no le cierre. Sin pensar en nombres, todavía.
Asentí.
—Y todo lo que haga con Sonata se guarda —añadió—. Versiones, borradores, notas. Nada se borra. Si algo desaparece, quiero poder probar que existió.
—Entendido —respondí.
Se fue con la misma rapidez con la que había llegado.
—Ok —dijo Mila, en cuanto estuvo fuera de alcance—. Confirmado: estás en medio del huracán, no mirando desde la ventana.
Abrí la carpeta compartida de Sonata. Había muchas más cosas de las que imaginaba: presentaciones con palabras como “transparencia” y “impacto social”, contratos, tablas, correos exportados.
Un archivo me llamó la atención:
“FUND_SONATA_programas_comunidad.xlsx”
Lo abrí.
Encabezado: “Fondos destinados a programas comunitarios y becas”.
La palabra “becas” me apretó el estómago.
Fui bajando. Nombres de liceos, centros de salud, organizaciones pequeñas. Montos moderados, en barrios que conocía de haberlos cruzado mil veces en micro.
Y entonces lo vi.
“Programa Alma – cohorte 03”
Sentí un tirón en el pecho. No era solo mi nombre: era ese nombre, con mayúscula, pegado a “Programa”, escrito con la misma tipografía que había visto en el correo de la beca.
—¿Qué pasó? —preguntó Mila, atenta a mi cara.
Señalé la pantalla.
—La beca que me trajo aquí se llamaba Programa Alma —dije—. Pensé que era un nombre bonito, nada más. Pero está aquí. Dentro de Sonata.
—¿Seguro que es la misma? —insistió.
—Tengo el correo guardado —respondí—. Mismo logo, mismo nombre.
Nos inclinamos sobre la fila. En las columnas de al lado había fechas, montos y, en observaciones, frases que no me gustaron nada:
“Reorientación de fondos”.
“Ajuste presupuestario”.
“Transacción reemplazada”.
—Maravilloso —murmuró Mila—. Palabras mágicas para “algo hicimos aquí que no queremos explicar demasiado”.
—Si mi beca salió de aquí… —empecé.
No terminé la frase.
Porque si mi beca salió de aquí, yo no era solo una analista que revisaba el proyecto. Era una consecuencia directa. Un producto.
—Eres beneficiaria —corrigió Mila—. Aplicaste, te la dieron. Punto. Las decisiones sobre el dinero las tomó otra gente, no tú.
Tenía razón. Pero la culpa no suele escuchar argumentos lógicos.
—Igual esto me pone en conflicto de interés, ¿no? —pregunté—. Estoy auditando el proyecto que, en parte, me pagó la vida.
—Sí y no —dijo—. Legalmente, eso lo ve Fernandez. Para ti, lo importante es cómo lo manejas en tu cabeza. Y en tus informes.
Abrí un documento nuevo para notas solo mías.
Escribí:
“Cruce personal: ‘Programa Alma’ aparece en fondos de Sonata. Alta probabilidad de coincidencia con beca recibida. Verificar con correos de admisión / documentación fundación. No detallar vínculo personal en informe hasta confirmar.”
Lo guardé en una carpeta local. Luego, en otra.
—Antes de que entres en modo “soy parte del problema” —dijo Mila—, recuerda: tú no decidiste de dónde salía la plata. Solo aceptaste estudiar. Culpa sí, responsabilidad real… limitada.
—Pero si aquí hay algo sucio… —murmuré.
—Entonces es mejor que justo tú estés mirando —replicó—. Gente que se siente en deuda puede ser muy peligrosa para quienes creen que nadie les va a morder la mano.
No supe si reír o llorar. Opté por respirar.
Cerré los ojos un instante. El olor del piso era el de siempre: café recalentado, papel, desinfectante. Y de pronto, por debajo, uno distinto, oscuro y familiar.
Tormenta. Ámbar.
Mi corazón se aceleró sin pedir permiso.
Mila se llevó la mano a la sien.
—Otra vez el mareo —murmuró—. Definitivamente hay algo en el aire de este edificio cuando cierto sujeto ronda.
No pregunté quién. No hacía falta.
No lo veía, pero lo sentía: el murmullo del piso bajó, una silla se arrastró demasiado rápido, alguien guardó documentos de golpe. La típica ola silenciosa que anunciaba que Alex Frederick estaba cerca.
Me obligué a mantener la vista en la pantalla.
“Programa Alma – cohorte 03” seguía ahí, pegado a los montos y a esas observaciones que no entendía del todo. Sentí que esa línea era una cuerda: si tiraba, podía desenredar algo grande.
En la empresa.
Y en mi propia historia.
Por primera vez desde que firmé, pensé que tal vez Sonata no era solo un proyecto que debía revisar.
Tal vez era la respuesta incómoda a una pregunta que nunca me había atrevido a hacerme:
¿De verdad mi nueva vida era un premio?
¿O solo era otra parte del experimento de alguien más?