Capitulo 1

2203 Words
“Hay viajes que elegimos. Y hay otros que el destino compra por nosotros.” El reloj marcaba las ocho en punto de la mañana cuando las puertas de cristal de Lusso Milano Group se abrieron con un suave sonido electrónico. Como cada día, Bianca Leruzzo cruzó el vestíbulo con paso firme y seguro, saludando con una leve inclinación de cabeza a los empleados que encontraba a su paso. No necesitaba elevar la voz ni imponer su presencia; bastaba con verla caminar para que cualquiera comprendiera que estaba acostumbrada a tomar decisiones importantes. Vestía un traje pantalón color marfil perfectamente entallado, una blusa negra de seda y unos stilettos del mismo tono. Su largo cabello castaño chocolate, suavemente ondulado, caía sobre sus hombros con una naturalidad estudiada. El discreto delineado que enmarcaba sus ojos avellana resaltaba una mirada serena, inteligente y extraordinariamente observadora. Nunca dejaba un detalle al azar. Ni en su apariencia. Ni en su trabajo. Ni en su vida. —Buenos días, Bianca. El consejo ya está reunido. — le informo su asistente, Lyla. Ella respondió con una sonrisa educada antes de continuar caminando. Su oficina ocupaba la última planta del edificio principal, desde donde podía contemplarse gran parte del perfil de Milán. Sin embargo, rara vez se detenía a admirar las vistas. Para Bianca, aquella ciudad era sinónimo de trabajo, disciplina y objetivos cumplidos. Había aprendido a quererla y a sentirla como lo que era, su hogar. Dejó el bolso sobre el escritorio de nogal, revisó por última vez la agenda electrónica de la mañana y tomó la carpeta azul que descansaba perfectamente alineada sobre la mesa. A las ocho y cinco atravesó la sala de juntas. Como siempre. Ni un minuto antes. Ni uno después. Los doce directivos presentes interrumpieron sus conversaciones al verla entrar. —Buenos días. Su voz sonó tranquila. No necesitó repetirla. Tomó asiento en la cabecera de la mesa mientras la pantalla principal proyectaba los resultados del último trimestre. Lusso Milano Group no era únicamente una firma de moda. Era un imperio. Alta costura. Joyería. Perfumería. Hoteles de lujo. Artículos de cuero. Relojería. Cada división funcionaba de manera independiente, pero todas dependían de una misma estructura operativa. Y esa estructura tenía un nombre. Bianca Leruzzo. Con apenas veintiocho años ocupaba el cargo de directora ejecutiva, convirtiéndose en la segunda persona con mayor responsabilidad dentro de la compañía después de Alessandro Moretti. Muchos habían dudado de su juventud cuando fue contratada. Cinco años después… Nadie volvía a hacerlo. —Comencemos. La reunión avanzó con precisión casi matemática. Cada director presentó los resultados de su división. Bianca escuchó sin interrumpir. Tomó notas. Observó gráficos. Hizo preguntas concretas. Hasta que el director financiero terminó su exposición. —Entonces, según estas previsiones, esperamos un incremento del ocho por ciento durante el próximo semestre. Bianca permaneció unos segundos en silencio. Volvió a mirar la pantalla. Después la carpeta. Y finalmente al director. —No. El hombre frunció el ceño. —¿Perdón? —No será un ocho por ciento. Será un cinco coma siete. La sala quedó completamente en silencio. El director financiero carraspeó. —Nuestros analistas… —Han calculado el crecimiento utilizando los datos del mercado europeo. —Ella deslizó la carpeta hasta el centro de la mesa. —Pero han olvidado descontar la nueva normativa sobre importaciones de materias primas que entra en vigor el próximo mes. El hombre abrió rápidamente sus documentos. Sus ojos comenzaron a recorrer cifras. Las páginas pasaban cada vez con más rapidez. Hasta que se detuvieron y pálido. —Tiene razón… Un murmullo recorrió la sala. Bianca no sonrió. No disfrutaba dejando en evidencia a nadie. Simplemente no permitía errores. —Corríjalo antes de presentar el informe al consejo de accionistas. —Sí, por supuesto. Continuaron revisando cada proyecto durante casi dos horas. Cuando la reunión terminó, uno de los nuevos ejecutivos se acercó discretamente a otro compañero. —¿Siempre es así? El hombre soltó una pequeña risa. —No. Hoy estaba de buen humor. Bianca escuchó el comentario mientras recogía sus documentos. No dijo nada. Simplemente continuó caminando. Sabía perfectamente la reputación que tenía dentro de la empresa. Fría. Exigente. Perfeccionista. Había dejado de intentar cambiar esa imagen hacía mucho tiempo. Porque, en el fondo, trabajar era mucho más sencillo que explicar por qué había decidido construir un muro alrededor de su vida. Apenas cruzó el pasillo, su asistente personal se levantó de inmediato. —Señorita Leruzzo. —¿Sí? —El señor Moretti desea verla en su despacho. Bianca miró el reloj. Las diez y dieciocho. La reunión había terminado dos minutos antes de lo previsto. Algo poco habitual. —¿Ha dicho el motivo? —No. Solo pidió que fuera cuando terminara. Ella asintió. —Gracias. El despacho de Alessandro Moretti ocupaba la esquina más exclusiva del edificio. Las puertas de madera oscura permanecían abiertas. Alessandro levantó la vista del documento que estaba leyendo cuando Bianca apareció. Su expresión cambió ligeramente. No era una sonrisa. Era algo parecido. —Adelante. Ella cerró la puerta tras de sí. —¿Quería verme? —Siéntate. Bianca obedeció. Conocía a Alessandro desde hacía cinco años. El hombre que tenía delante era respetado por empresarios de toda Europa. Visionario. Exigente. Reservado. Pero también era una de las pocas personas capaces de leerla incluso cuando ella no decía una sola palabra. Alessandro dejó las gafas sobre la mesa. —He visto los informes. —¿Hay algún problema? —Ninguno. Al contrario. Se recostó ligeramente sobre el respaldo de la silla. —Por eso quiero darte un proyecto nuevo. Bianca permaneció en silencio. Esperó. Siempre esperaba. —Dentro de seis meses inauguraremos la sede de Barcelona. Ella no reaccionó. Al menos, no por fuera. Pero sus dedos dejaron de moverse sobre la carpeta. Alessandro lo notó. —Será la oficina que coordinará todas nuestras operaciones en la península ibérica. Bianca mantuvo la vista fija en él. —Necesito que alguien supervise personalmente toda la apertura. La decoración, el futuro personal, los proveedores, la integración de equipos, la estrategia operativa, en fin todo. Hizo una breve pausa. —Quiero que seas tú. Por primera vez desde que comenzó la conversación, Bianca apartó la mirada. El silencio se instaló entre ambos. Alessandro no habló. Sabía que aquella no era una decisión cualquiera. Cuando Bianca volvió a mirarlo, su respuesta fue inmediata. —No. El empresario arqueó ligeramente una ceja. —Lo has pensado solo por dos segundos ¿Puedo saber por qué? Bianca respiró hondo. —Hay otros directivos perfectamente capacitados para hacerlo. —Sí. Pero ninguno eres tú. Ella sostuvo su mirada. —No quiero volver a Barcelona. El despacho volvió a quedar en silencio. Esta vez ninguno de los dos intentó romperlo. Alessandro Moretti permaneció unos segundos observando a Bianca sin pronunciar una sola palabra. Había aprendido que, con ella, el silencio era tan importante como las palabras. Cinco años trabajando codo con codo le habían bastado para comprender que detrás de aquella mujer impecable, de voz firme y mirada serena, existía una persona que rara vez permitía que alguien viera sus grietas. —¿Sigues huyendo? —preguntó finalmente. Bianca levantó apenas el mentón. —No huyo. —Entonces demuéstramelo. Aquellas palabras la golpearon con más fuerza de la que estaba dispuesta a reconocer. Desvió la vista hacia el enorme ventanal que ocupaba toda la pared del despacho. Milán despertaba bajo un cielo gris, elegante, tan ordenado como la vida que ella había construido durante los últimos cinco años. Todo estaba bajo control, su trabajo, su apartamento, sus horarios, sus emociones. —No puedo aceptar ese proyecto. Alessandro apoyó ambos antebrazos sobre el escritorio. —No es que no puedas, es que no quieres. Hay una diferencia importante. Bianca permaneció en silencio. —Escúchame un momento —continuó él con calma—. Si hubiera otra persona capaz de hacer este trabajo al nivel que necesito, no te lo estaría pidiendo. Ella no respondió. —Pero no la hay y ambos lo sabemos. La sinceridad de aquellas palabras hizo que Bianca bajara ligeramente la guardia. Nunca había sentido que Alessandro alabara su trabajo por compromiso. Y precisamente por eso cada reconocimiento suyo tenía un valor especial. —Será un año. Solo un año. Supervisarás la apertura, formarás al equipo, consolidarás la estructura operativa y regresarás a Milán una vez que este todo encaminado. Bianca volvió a mirar por la ventana. Un año. Ella dejó escapar un suspiro casi imperceptible. Él continuó. —No te estoy enviando solo porque seas la mejor ejecutiva de la empresa, te estoy enviando porque eres la única en quien puedo confiar para construir algo desde cero. Bianca sintió un nudo en el estómago. Aquellas palabras despertaban el lado de ella que más intentaba controlar: el orgullo por su trabajo. Había dedicado cinco años de su vida a Lusso Milano Group. Renunciando a vacaciones. A fines de semana. A una vida personal. No porque Alessandro se lo hubiera exigido. Sino porque el trabajo era el único lugar donde el pasado no conseguía alcanzarla. Alessandro tomó una carpeta que descansaba sobre el escritorio y la deslizó lentamente hacia ella. —Ábrela. Bianca obedeció. En la primera página aparecía una fotografía del edificio donde estaría ubicada la nueva sede. Moderno, minimalista, elegante. Después planos, cronogramas, equipos de trabajo y finalmente, una última hoja. El contrato de asignación temporal. Duración: Doce meses. Alojamiento. Vehículo ejecutivo. Gastos cubiertos por la empresa. Bonificación por apertura internacional. Ella cerró la carpeta. —No voy a obligarte. Nunca lo he hecho. Te doy este fin de semana para que lo pienses, espero tu respuesta definitiva el lunes. Bianca asintió. —Con permiso. —Sus tacones volvieron a escucharse a lo largo del pasillo. Su despacho permanecía exactamente igual que cuando había salido aquella mañana. Todo perfectamente alineado. El ordenador. La agenda. Una planta de hojas verdes que una de sus asistentes insistía en cuidar porque Bianca siempre olvidaba regarla. Dejó la carpeta sobre la mesa y se quitó los zapatos durante apenas unos segundos para aliviar la tensión de los pies. Era uno de esos pequeños gestos que nadie conocía. Solo ella. Miró el reloj. Todavía faltaban varias reuniones antes de terminar la jornada, intentó concentrarse, abrió un informe y leyó dos líneas. Volvió a cerrarlo. Barcelona seguía ocupando cada rincón de su cabeza. El sonido de una notificación interrumpió sus pensamientos. Tomó el teléfono. Laura. Sonrió sin darse cuenta. Laura: No intentes inventar una reunión de última hora. Esta vez no te permito una negativa como respuesta, vienes a mi boda aunque tenga que ir personalmente a buscarte a Italia. Debajo del mensaje aparecía una fotografía. Laura y Daniel sonriendo mientras sostenían un cartel que decía: ”¿Aceptas ser nuestra madrina?” Bianca dejó escapar una pequeña risa. Muy pequeña. Pero completamente sincera. Cinco años. Cinco años rechazando cumpleaños, navidades, escapadas, bodas. Siempre con la misma excusa.“Tengo trabajo.” Y, en parte, era cierto, pero no era toda la verdad, la verdadera razón siempre había tenido un nombre. Mientras observaba la fotografía, otra notificación apareció en la pantalla. “Mamma llamando” Contestó de inmediato. —Ciao, mamma. —¿Cómo está mi niña? Solo escuchar la voz de Arienne consiguió relajarla. Hablaron unos minutos sobre la panadería. Sobre un cliente que insistía en llevarse media docena de cannoli cada domingo. Sobre Adrien, su padre, que seguía empeñado en levantarse antes de las cuatro de la mañana para preparar el pan. Hasta que Arienne preguntó: —¿Qué ocurre? Bianca sonrió con resignación. Era imposible ocultarle algo. —Alessandro quiere enviarme a Barcelona durante un año. Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. —¿Y tú qué quieres? —Quedarme aquí. No quiero volver. —Tesoro…Hay lugares que solo dejan de doler cuando encontramos un recuerdo más bonito que el anterior. La voz de su madre sonó tan dulce como firme. Bianca no respondió. —Piensa en ello. No por la empresa. No por el trabajo. Hazlo por ti, pero solo si es algo que te apetece. La llamada terminó pocos minutos después. Bianca permaneció inmóvil frente al ventanal. Abajo, la ciudad seguía su ritmo frenético. Ella tomó la carpeta una vez más. La abrió. Miró el contrato. Después la fotografía que Laura le había enviado. Y, por primera vez en cinco años, se permitió imaginarse caminando otra vez por las calles de Barcelona, como cuando lo hacia con sus amigas en la universidad. Cinco minutos más tarde tomó el teléfono interno. —¿Sí, señorita Leruzzo? —¿Puede comunicarme con el señor Moretti, por favor? —Enseguida. No hubo que esperar mucho. —¿Bianca? Ella respiró profundamente. —Acepto el proyecto. Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio. Después escuchó la sonrisa en la voz de Alessandro. —Sabía que tomarías la decisión correcta. Bianca miró una última vez el horizonte de Milán. No estaba tan segura de eso. Pero el destino acababa de comprarle un billete de ida a la única ciudad a la que había jurado no regresar. Y, aunque todavía no podía saberlo, allí la esperaba una historia completamente distinta de la que había dejado cinco años atrás.
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