De hecho, Braden lo sabía muy bien. Era imposible que Shirley siguiera en casa de los Stewart. Aun así, seguía esperando vagamente un milagro. Se sentía ridículo. Solía ser listo y decidido, y nunca hacía las cosas a la ligera. Sin embargo, ahora era tan tímido e irracional. Braden entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama. Sus delgados dedos rozaron la ropa de cama como si acariciara su pelo, sus mejillas y su piel clara... El aspecto de Shirley llenó su mente. Por su mente pasaron todas las imágenes de ella cuando le sonreía, cuando estaba enfadada, cuando le contestaba, cuando era tímida y, por último, cuando estaba desanimada y se daba la vuelta para marcharse. Sintió como si un agujero en su corazón se estuviera derrumbando, y eso lo estaba matando. —¡Mierda! Br

