No Bienvenida

1553 Words
Capítulo 009 CECILIA Darcy me encontró antes de que yo la encontrara a ella. Apareció en el umbral de la alcoba, miró las paredes desnudas y los muebles escasos y el vacío general de la habitación, y puso una cara. —¿Aquí es donde él vive? —Aparentemente. —La jalé adentro y cerré la puerta detrás de ella—. Lo vamos a arreglar. Pero eso no es de lo que necesito hablar contigo ahora mismo. Se giró desde la pared que había estado examinando y me prestó toda su atención. Le conté todo. La conversación con Cassian, palabra por palabra, tan cerca como pude recordarla. La vigilancia. Los años de ella. La manera en que había hablado sobre los renegados y mi madre y el peligro que creía que me había seguido hasta aquí. Y luego la manera en que se había levantado y se había ido antes de que yo pudiera preguntar algo más, dejándome con media conversación y la cabeza llena de preguntas que no tenía intención de responder. Darcy estuvo en silencio durante todo ello. —Ha estado observándote desde que murió tu madre —dijo lentamente cuando terminé. —Eso es lo que dijo. —Y no dirá por qué. No completamente. —Me dijo que lo averiguara. Apretó los labios. —Ese es el comportamiento de un hombre que sabe algo que no está listo para decir, o de un hombre que sabe algo que nunca va a decir y quiere que sientas que tienes posibilidades de obtenerlo. —Lo sé. —Me senté en el borde de la cama—. De cualquier manera, necesito información. Y no la voy a obtener sentada en esta habitación. La miré directamente. —Necesito que estés en la manada moviéndote entre los sirvientes, los lobos de rango menor, quien sea que hable libremente cuando creen que nadie importante está escuchando. Necesito saber qué está diciendo la gente, qué rumores corren, quién es leal a Cassian y quién tiene otros intereses. Cualquier cosa que parezca incorrecta, cualquier cosa que se sienta rara, quiero saberlo. Darcy asintió sin vacilar. No preguntó si estaba segura o si esta era una buena idea. Eso era una de las cosas que más valoraba de ella. Confiaba en mis instintos de la manera en que yo confiaba en los suyos. —¿Y tú? —preguntó. —Voy a dar una caminata por la manada esta noche. Es de tarde, la gente estará asentándose, las conversaciones serán más sueltas. Quiero sentir este lugar yo misma y ver cómo me reciben. —Hice una pausa—. O cómo no lo hacen. Algo en la expresión de Darcy dijo que ya tenía una corazonada al respecto. Pero se lo guardó para sí misma y estuvo de acuerdo. Salí de la alcoba veinte minutos después. Los pasillos estaban más tranquilos ahora que la tarde se había asentado correctamente, el movimiento ajetreado del día reduciéndose a grupos más pequeños. Caminé sin ningún destino particular, simplemente moviéndome por el espacio y prestando atención. Giré en el primer corredor y me topé con un grupo de sirvientas reunidas cerca de un umbral. Eran cuatro, hablando entre ellas, y levantaron la vista en el momento en que escucharon mis pasos. Esperé el reconocimiento. Un asentimiento, una inclinación de cabeza, cualquier cosa que reconociera quién era yo y qué estaba haciendo en esta casa de manada. Me miraron fijamente. No con hostilidad exactamente, solo con indiferencia. Como si fuera un mueble que había aparecido en un lugar inesperado. Luego apartaron la vista y siguieron hablando, y yo pasé junto a ellas y seguí moviéndome. Casi había doblado la siguiente esquina cuando escuché a una de ellas reírse. —Conduciéndose como si fuera la dueña del lugar. —La voz no era particularmente baja—. Su manada ni siquiera puede mantener sus deudas pagadas y nuestro Alpha tuvo que aparearse con ella para sellar un acuerdo. ¿De qué exactamente está orgullosa? Las demás se rieron con ella, bajo y fácil, de la manera en que lo hace la gente cuando está diciendo algo que todas han estado pensando. Seguí caminando. No me detuve ni me di la vuelta. Mantuve mi paso exactamente como estaba y mi espalda exactamente tan erguida y doblé la esquina y dejé que el sonido de ellas se desvaneciera detrás de mí. Pero llegó. Sería deshonesta si dijera que no llegó. No porque doliera de la manera en que duelen los insultos de los enemigos, sino porque confirmó lo que ya había sospechado en el momento en que Cassian atravesó la entrada de esa casa de manada ante una multitud de lobos que lo vitoreaban mientras yo estaba parada junto a él y no recibía nada. Lo habían recibido a él de vuelta a casa. No a mí. Yo era una nota al pie de su regreso, un arreglo político sobre el que les habían informado y sobre el que ya habían decidido cómo se sentían. No era bienvenida aquí. Lo había sabido antes de salir de la alcoba. Pero saber algo y atravesarlo eran dos cosas diferentes. Más adelante por el corredor occidental encontré a los guardias. Dos de ellos, apostados a cada lado de un amplio umbral que supuse llevaba a una de las salas de reuniones principales. Estaban de pie, o se suponía que debían estarlo, pero cuando doblé la esquina ambos se habían acercado el uno al otro y estaban sumidos en conversación, sus puestos completamente abandonados. Me detuve frente a ellos. Levantaron la vista. —¿Están ambos de guardia? —pregunté. Uno de ellos frunció el ceño. —Sí. —Entonces ¿por qué están aquí parados hablando en lugar de en sus puestos? El ceño se profundizó. Se intercambiaron una mirada, del tipo que lleva una conversación entera en medio segundo. —¿Quién eres tú para preguntarnos eso? —dijo el más alto. —Soy la Luna de esta manada. El más bajo emitió un sonido que era casi una risa. —No eres nuestra Luna. Sostuve su mirada. —Lo acepten o no no cambia lo que soy. Son guardias. Su puesto está allí. —Señalé—. Los dos. Vuelvan a él. El más alto dio un paso adelante levemente. No lo suficiente para ser una amenaza directa, pero lo suficiente para dejar clara la intención. —No estás en tu propia manada. No tienes ninguna autoridad aquí. Cualquier título que creas tener no significa nada para nosotros. —Nada —concordó el otro, mirándome de arriba abajo con abierto desprecio—. Si quieres dar órdenes, vuelve a Greenville y dálas allá. —Agitó una mano en mi dirección—. Aléjate, o lo que venga después es responsabilidad tuya. Los miré a ambos. Cada parte de mí quería responder a eso de la manera en que habría respondido en cualquier campo de entrenamiento en Greenville. Directa e inmediatamente y de una manera que no olvidarían. Mis manos estaban quietas a mis lados y mi rostro no revelaba nada, pero por dentro era muy consciente de dónde estaba. Una manada desconocida, sin respaldo excepto Darcy que estaba al otro lado del edificio, sin rango que estos lobos hubieran elegido respetar. Este no era el momento. Me giré y me alejé caminando. Detrás de mí, escuché a uno de ellos murmurar algo y al otro resoplar en respuesta. No capté las palabras y no lo intenté. Los dos encuentros siguientes fueron más cortos pero no diferentes. Una sirvienta que me miró directamente a través cuando le hice una simple pregunta sobre el diseño del edificio y luego se marchó sin responder. Un grupo de lobos jóvenes que guardaron silencio cuando pasé y luego comenzaron a cuchichear en el momento en que creyeron que estaba fuera del alcance del oído. Para cuando me volví hacia el corredor principal tenía una imagen muy completa de dónde me encontraba en esta manada. En ningún lugar. Me encontraba en ningún lugar. No tenía terreno aquí, ninguna reputación que me hubiera seguido, nada excepto el título de Luna que estos lobos ya habían decidido que no me pertenecía. Cada pieza de información que necesitaba estaba encerrada detrás de muros de personas que no me darían ni la hora, y aún no tenía idea de cómo atravesarlos. El pensamiento de volver a Cassian y preguntarle directamente cruzó mi mente y lo aparté. Ya me había mostrado cuánto estaba dispuesto a dar en una sola conversación. No suficiente. Ni de lejos suficiente. Estaba tan sumida en mis propios pensamientos que dejé de prestar atención a dónde caminaba. Doblé una esquina y caminé directamente hacia algo sólido. El impacto me detuvo completamente y retrocedí, ya enderezándome y preparando mi expresión. Levanté la vista. Cassian estaba allí de pie con una sonrisa amplia en el rostro, como si toparse conmigo en su propio pasillo fuera lo mejor que le había ocurrido en toda la tarde. Cerré los ojos brevemente. —Si esta tarde pudiera empeorar. Ni siquiera era una pregunta. Era simplemente una declaración lanzada al aire porque no me quedaba nada con qué retenerla. Luego se inclinó hacia adelante. Sus labios se posaron ligeramente sobre mi mejilla, cálidos y pausados, y su voz llegó baja y cerca de mi oído. —Hola, nena.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD