Al poco tiempo, Carla hacía que su padre se la comiera todas las noches. Pronto, supo encontrarla cuando llegaba a casa del trabajo o terminaba su jornada en su despacho, esperar a que abriera las piernas y empezar a lamerla. Unas semanas después de que empezara esta rutina, Diego se estaba lavando la cara en el fregadero de la cocina, cuando apareció Carla, se aclaró la garganta. —Eee... cuando me hablaste esa noche... —¿Qué noche? —Esa noche. Dijiste que yo era una conveniente... polla —Con patas. Diego asintió. No podía mirarla a los ojos. El sabor de su coño permanecía en su boca, y la parte delantera de sus pantalones estaba tensa por una potente erección. —Pero no has... Hizo una pausa, pensando en cómo decirlo, pero Carla dejó la revista a un lado y enarcó una ceja. —¿Quieres

