Ricardo bajó su Tablet. No podía haber oído bien. —¿Perdón? —He dicho—, sonrió Inés, —que quieres acostarte con tu hijastra, mi hija, ¿verdad?. Ah. Había oído bien. Pensativo, dejó el aparato a un lado e inspeccionó a su mujer. No había signos de ira en sus rasgos, ni siquiera un atisbo de disgusto o desprecio. No era de extrañar. Se habían conocido en un club de bondage muy exclusivo, cuando él acababa de ganar su primer millón a los tres años de su nueva vida en el mundo del espectáculo y habían reconocido al instante los signos de un espíritu afín en el otro. Tenía sentido que ella pareciera más curiosa que otra cosa. —¿Qué te hace decir eso?—, preguntó. —Los azotes de la semana pasada. Ricardo asintió. Su hija Camila, ya no solía recibir azotes disciplinarios, tanto por su edad

