Pero Bibi había luchado por cada migaja de conocimiento, había arriesgado su vida por cada página que leía, y había valorado cada libro como si fuera un tesoro invaluable que podría desaparecer en cualquier momento. Era la diferencia entre quien había nacido con todo servido en bandejas de plata versus quien había pagado con sangre, lágrimas y terror por cada oportunidad de aprendizaje. —¿Y extrañas a tus padres? ¿Siquiera a... tu madre? —preguntó Omar con curiosidad, esperando detectar algún vestigio de nostalgia familiar en esos ojos claros que parecían contener océanos de experiencias dolorosas. La respuesta de Bibi fue inmediata y contundente, pronunciada con una firmeza que no admitía dudas: —Nah, para nada. No quiero verlos jamás. Ahora mi familia es Bigotes. Sus palabras saliero

