Hassan, vestido impecablemente y proyectando aquella aura de eficiencia letal que lo hacía tan valioso como mano derecha de Salomón, se acercó junto con los guardaespaldas. La curiosidad chispeaba en sus ojos oscuros, aunque su expresión permanecía profesionalmente neutra. Salomón, percibiendo el interés de su amigo, le hizo un gesto imperativo de silencio, colocando un dedo sobre sus labios en una orden que no admitía discusión. El tema era demasiado delicado, demasiado personal para ser discutido donde oídos indiscretos pudieran escuchar, especialmente considerando que había detectado la silueta inconfundible de Emir intentando ocultarse tras un contenedor cercano, observando toda la escena con la torpeza propia de un adolescente que aún no ha aprendido el arte del espionaje. La tecnol

