Por otro lado, cuando el pequeño Adriano llego a sus vidas por supuesto recibió la misma educación que sus padres, y sin poder evitarlo fue expuesto a sanguinarias torturas para los traidores de sus padres, descuartizamientos de las mujeres que trataban de acercarse a su padre entre otras cosas claramente no aptas para un inocente niño o cualquier persona común. Su madre al poco tiempo se dio cuenta de que su hermoso hijo comenzó a perder su sonrisa y luego de horas de discusión con su esposo llegaron a la decisión de sacar al niño de la casa de la rama principal de la familia, donde los sonidos de balas, huesos rompiéndose, llantos de mujeres y gritos desgarradores estaban a la orden del día por parte de cada adulto de la familia. El pequeño Adriano seguiría siendo entrenado, pero paso a paso, sus padres ya no estaban de acuerdo en quitarle por completo la infancia al pequeño jefe italiano.
-Por supuesto cariño, puedes elegir cualquier habitación. – señalo su madre con una comprensiva sonrisa en el rostro alentando al joven heredero a subir escaleras arriba e investigar cada uno de los dormitorios en la enorme propiedad. El infante comenzó a caminar con un brillo de curiosidad en los ojos mientras habría puerta tras puerta para poder asegurarse de elegir correctamente, cuando estaba por cerrar la habitación número cuatro una suave risa llamo su atención, un pequeño eco que se escuchaba a través de las cortinas del balcón, a paso decidido atravesó la persa alfombra hasta las puertas de madera de los enormes ventanales, el pequeño balcón tenía una mesa y sofá de mimbre, y más allá de eso se extendía gloriosamente las hermosas aguas turquesas del mar, la brisa salada acaricio su tersa piel, cerro sus ojos unos segundos para disfrutar del aroma a sal y dejarse invadir por los nuevos sonidos desconocidos para él, entonces nuevamente aquella dulce y suave risa interrumpió sus pensamientos, abriendo sus ojos para buscar la procedencia de tal distracción, luego de unos segundos salió del mar hasta la orilla en la blanca arena una pequeña niña de cabellos rizados y castaños, tez bronceada llevaba una larga remera desteñida y vieja que se le pegaba al cuerpo, camino unos pazos hasta un short de jeans rasgados tirados en la arena, con sus pequeñas manos estrujó su prenda superior y paso los shorts por sus piernas hasta subirlos, luego sacudió un poco sus definidos y largos rulos antes de que algo la alarmara, un par de hombres de traje n***o salían de la propiedad de su padre hacia la niña gritando que se fuera, la pequeña asustada de los desconocidos tomo las roñosas y viejas zapatillas en la arena y comenzó a correr hacia el final de la playa perdiéndose entre unos arbustos. Adriano tuvo el impulso de detenerla, abrió su boca para decir algo, como si fuera posible que fuera a ser escuchado desde esa distancia, se reprendido mentalmente por su comportamiento infantil y sacudió su cabeza obligándose a retomar la compostura, se dio media vuelta para salir de aquella habitación encontrándose a su padre que miraba extrañado su curiosa expresión .- ¿algo interesante Adriano? -pregunto el imponente hombre, y por un segundo la imagen de los largos rulos de la pequeña aparecieron en su mente .- me gusta la vista del mar .- dijo con un tono tranquilo y sin mayor expresión .- es una hermosa vista .- concordó su padre llevando la mirada sobre el pequeño hacia el ventanal .- ¿deseas seguir viendo las habitaciones antes de elegir? .- pregunto el hombre retirándose con calma los negros guantes de cuero que aun llevaba puestos .- no, me quedaré con esta habitación.- concluyo el pequeño de forma segura, algo en su tono de voz llamo la atención de su padre, ¿tal vez el énfasis en tan pequeño tamaño?, o la extraña sensación de que había algo que impulsaba tal seguridad en sus palabras .- Bien, daré aviso a Guido para que traigan tus pertenencias, saldremos con tu madre, permanece dentro de la propiedad .- ordeno su padre y este simplemente asintió con la cabeza.-