Pues si me preguntas a mí, esa primera sesión fue todo un éxito, no podía esperar a la segunda. Los días pasaron como en un sueño: grávidos y ligeros. —Qué onda má — saludé el lunes siguiente a mi madre, solo volver de la escuela. —Hola, hijo, ¿Cómo te fue? —Normal — dije, abriendo el refrigerador para encontrar algún snack que me calmara el hambre hasta la cena. —Qué bueno, amor. Oye, me escribió tu tía para agradecerme por la ayuda que le prestaste el viernes. ¡Eres un sol! Sonreí para mis adentros… Vaya, así que gran “ayuda”… —¡Nada mejor que ayudar a la familia! —respondí con una voz impostada. —Pero — continuó mi madre, ignorando mi comentario — me dijo que ya no necesitará más ayuda. —¿Qué? — solté, atónito. —Sí, me dijo que su sesión fue de lo más productiva y que se sient

