−¡No puedo creerlo!− exclamó Isla−. Dios mío, es todo tan extraño e incomprensible... Iain, creo que lo primero que debes hacer es leer la carta de mamá. La sacó del bolso en que la tenía y se la entregó a su hermano. −Gracias, pero no hay ninguna prisa− dijo Iain−. Quiero hablar contigo. Para mí no sólo es inesperado, sino delicioso, descubrir que tengo una hermanita preciosa. Hablaron durante todo el almuerzo y continuaron haciéndolo por la tarde. El joven Conde pensaba salir a cenar con unos amigos, pero envió un mensaje de excusa y prefirió quedarse con su hermana. −No quiero echar a perder tus diversiones− protestó Isla. –Nada de eso− la tranquilizó él−, pero de todo lo que me has contado deduzco que no te has divertido mucho en la vida, así que debes recuperar el tiempo perdido

