El salón principal de la sede Leone Vinicola estaba engalanado para la despedida. Las paredes de vidrio mostraban, detrás de las luces, el viñedo que se hundía en la penumbra; las mesas, dispuestas en semicírculo, hablaban de una casa grande que, esa noche, se reducía a miradas contenidas y a un adiós que nadie quería pronunciar demasiado alto. Había música suave, una colección de amigos y socios, y la familia en primer plano: Greco, Arianna, Dante, Luciana, Ekaterina, Morozov, Ravenna. Los jóvenes conversaban en grupos; Victoria permanecía en un punto intermedio, bella y tranquila, pero con los ojos que delataban una atención a cada movimiento de Dante Jr. La despedida era para él. Para Dante Leone Jr., que había decidido aceptar la responsabilidad de Milán: un salto dentro del mundo l
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