La mansión Volkov amaneció envuelta en una calma engañosa. La nieve cubría los ventanales y el aire olía a flores frescas, pero detrás de esa apariencia, todo era tensión. Los empleados se movían nerviosos, decorando salones, preparando listas. El anuncio había sido claro: en tres días habría boda. Arianna observaba el movimiento desde su ventana. Sobre la cama, se extendían los catálogos de vestidos, encajes, cintas y joyas. Las costureras iban y venían entre telas rojas y blancas. Arianna, de pie frente al espejo, sostenía entre las manos un vestido color rojo carmesí, el tono que Volkov había elegido. — Este color te pertenece — había dicho él esa mañana—. Es fuego, es poder… eres mi reina. Ahora, frente al espejo, el rojo parecía más bien un recordatorio de todo lo que había pe

