El cielo estaba encapotado cuando Arianna bajó del último autobús rural. El viento le azotaba el rostro, pero no le importó. Su mente era un torbellino de recuerdos: la voz de Greco, la caja de música, el eco de sus propias palabras en aquella carta. Caminó por un sendero de tierra hasta que encontró una vieja caseta abandonada junto a un campo de girasoles marchitos. No era un lugar seguro, pero sería suficiente por unas horas. Adentro, todo olía a humedad y abandono. Se dejó caer sobre el suelo de madera astillada y abrazó su vientre con ambas manos. —Perdónenme… pero esta es la única forma —susurró. Sacó de su bolso lo poco que había podido llevar: una navaja pequeña, una caja de tinte n***o que compró en una gasolinera, y unas tijeras viejas. Frente a un espejo roto, se observó dete

