Costa Amalfitana — Tarde dorada El auto avanzaba junto al mar, devorando kilĂłmetros de costa y sal que olĂa a eternidad. Arianna iba con la cabeza recostada en el hombro de Greco, los dedos entrelazados, los ojos perdidos en la lĂnea donde el cielo y el agua se abrazaban. —¿Sabes quĂ© es raro? —dijo ella, sonriendo sin mirarlo. —Que no estĂ©s hablando desde hace más de cinco minutos. —No —rió—. Que por primera vez no tenemos prisa. Ni enemigos. Ni relojes. —Entonces estamos en peligro —replicĂł Ă©l, con ironĂa—. Los dos solos y sin distracciones. —Perfecto. AsĂ no hay testigos. —le pellizcĂł el brazo—. Greco soltĂł una carcajada ronca. —Prometo portarme bien. —No te creo. —Ella se acomodĂł en su asiento, observando la luz que se filtraba entre los tĂşneles —. Siempre fuiste el hombre de

