El silencio en la casa de campo no era más que una máscara frágil. En su interior, Rubí respiraba con dificultad, atada de pies y manos, con la boca seca y los ojos llorosos por el ardor de la incertidumbre. Las paredes, cubiertas de madera vieja, retenían el eco de los pasos apresurados de Marco y Miraldi mientras discutían lo que había pasado. —¡No puedo creerlo! —exclamó Miraldi, tirando un vaso contra la chimenea—. ¡Nos tendió una maldita trampa! —No fue él solo —respondió Marco, con la voz quebrada, pero contenida—. Nos confiamos demasiado… y subestimamos a Greco. Miraldi caminaba de un lado a otro, aún con la chaqueta de cuero pegada a los hombros, las botas embarradas marcando huellas sobre la alfombra deshilachada. Se detenía cada vez que el recuerdo de sus hombres muertos cruza

