Mientras el sol caía sobre la ciudad, en el hospital privado… Greco permanecía sentado al lado de la cama de Arianna, observando el leve movimiento de su pecho al respirar. Una máquina marcaba el latido lento y estable. Se inclinó, acarició su mejilla con los nudillos y murmuró en voz baja, como si pudiera oírlo: —Resiste un poco más, amore mío… ya casi todo acaba. Ya casi nadie podrá tocarte. Nonna Vittoria se acercó por detrás con una manta para arroparlo, pero él negó con la cabeza. —Quédate con ella, Nonna. Jacobo se quedará aquí con ustedes… pero yo debo terminar esto. —¿A dónde vas, Greco? —preguntó ella, temerosa. —A matar al primer demonio. Greco se incorporó, se acercó a Jacobo y le apretó el hombro. —Asegura el hospital. Quiero que moir esté bajo vigilancia 24/7. Nadie se

