Horas después, los pasillos del hospital aún olían a desinfectante, café frío y ansiedad. Nonna Vittoria caminaba lentamente, su bastón resonando sobre el piso pulido, mientras su corazón latía con más fuerza de la que se atrevía a mostrar. Frente a ella, la sala de neonatales. El cristal grueso separaba dos mundos. Dentro, incubadoras, luces suaves, tubos y mantitas blancas que parecían envolver sueños apenas nacidos. Fuera, el corazón de una abuela que temblaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas en cuanto los vio. Una incubadora a la derecha: su nieta. Cabecita cubierta por un gorrito diminuto, rostro apacible pero fuerte. A la izquierda: el varoncito, más inquieto, con sus pequeños dedos moviéndose como si buscara algo. Nonna se acercó, apoyando sus manos temblorosas sobre el vidrio

