Lilah —No —lloré contra la base de mi mano para que la palabra no escapara al aire—. No. No. ¡No! Mis lágrimas eran como lava ardiente al deslizarse por mis párpados y caer por mis mejillas. Todo temblaba: mis labios, mi mentón. Mi cuerpo. Una debilidad me recorría, una sensación tan ligera e incontrolable que no sabía si estaba sentada o de pie, o siquiera respirando. Solo sabía lo que estaba viendo. La verdad frente a mí, cubierta de sangre, marcada por cortes y moretones. ¿Pero cómo? ¿Pero por qué? ¿Y cómo podía haber ocurrido otra vez? Primero Preston. Ahora Diesel. Y como si sus heridas no fueran ya el cuchillo más profundo en mi alma, ver a Darian desde la puerta de la habitación del hospital solo hundía la hoja aún más. Porque mientras Darian miraba a su amigo, sostenié

