Kendrick —¡Oh! —¿Quieres más? —pregunté. —Sí. Hagas lo que hagas, no pares. Mi pulgar jabonoso fue a su clítoris, trazando círculos mientras el resto de mi mano se abría paso entre sus labios y uno de mis dedos se hundía en ella. —¿Sigo siendo tan dulce? —Joder —sus uñas se clavaron en mi nuca—. No va a hacer falta mucho más para que me corra. No importaba que la hubiera lavado con mi jabón y que su cabello ya estuviera empapado y sin aroma; todavía podía oler la vainilla con café, y me pregunté si ese olor estaría en su coño. Si podría saborearlo. Si me correría por la garganta cuando la tragara. —¿Y cuando hago esto? —añadí un segundo dedo y giré la muñeca hacia su punto G. —¡Kendrick! —jadeó, llenándose la boca de aire, con sus labios sobre los míos. —¿Esto también me hace e

