Sylred se da la vuelta y empieza a alejarse. —De nada. Ahora vamos, Stiff—. —Es Stitch—, responde Evert. Su gruñido no tapa la risa que le sigue. —¿Podemos irnos ya, joder?— Evert dice demasiado alto. Han pasado al menos dos horas, y está claro que Evert está al límite de su juego. Sylred le mira de reojo y luego sonríe al noble, que les ha estado hablando hasta por los codos de algún aburrido crecimiento de los cultivos o algo así. ¿O tal vez sigue hablando del aumento de la población de peces? No sé... Me desmayé después de treinta segundos de que el hada balbuceante abriera la boca. Uno pensaría que esta fiesta sería más emocionante, con el humo de la pipa y los gemidos detrás de las cortinas. Pero no. Estamos aquí, atascados con la charla de los cultivos. Cuando el noble hada s

