I-1

2004 Words

I Hasta principios del invierno siguiente, no volvió Renovales a Madrid. La muerte de su mujer le dejó estupefacto, como si dudase de su realidad, como si sintiera extrañeza al contemplarse solo y dueño de sus acciones. Cotoner, viéndole sin deseos de trabajar, tendido en los divanes del estudio, con un gesto vago, cual si soñase despierto, interpretaba su estado como un inmenso dolor sordo y silencioso. Además, le molestaba que la condesa, apenas muerta Josefina, frecuentase el hotel para visitar al ilustre maestro y a su querida Milita. — Debes irte—aconsejaba el viejo artista.—Eres libre; lo mismo vivirás en cualquier parte que aquí. Te conviene un viaje largo: eso te distraerá. Y Renovales emprendió su viaje con la alegría de un estudiante, libre por vez primera de la vigilancia de

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