Pasó a otro salón que estaba enfrente y también allí le salió al encuentro la cara de su mujer, pintada por él, entre otros cuadros de amigos suyos. ¿Pero cuándo había hecho él todo aquello?... No se acordaba; sentía estrañeza ante la enorme cantidad de trabajo realizada inconscientemente. Creía haber pasado la existencia entera pintando a Josefina... Después, en los pasillos de la casa, en todos los cuartos adornados con pinturas, le salió al encuentro su mujer, bajo los aspectos más diversos, ceñuda ó sonriente, hermosa ó con la expresión triste de la enfermedad. Eran bocetos, simples dibujos al carbón, esbozos de su cabeza en el ángulo de un lienzo sin acabar; pero siempre aquella mirada que parecía seguirle, unas veces con melancólica dulzura, otras con intensa expresión de reproche.

