Poco a poco fué conociendo los procedimientos de que se valía don Rafael para realizar aquellas obras maestras que arrancaban gritos de admiración a su tertulia de canónigos y a las señoras ricas que le encargaban imágenes. Cuando pensaba comenzar alguna de sus Purísimas, que lentamente invadían las iglesias y conventos de la provincia, levantábase temprano y volvía al estudio después de confesar y comulgar. Sentía con esto una fuerza interior, un sereno entusiasmo, y si en mitad de la obra llegaba el desaliento, volvía a acudir a esta medicina de su inspiración.
El artista, además, debe ser puro. Él había hecho voto de castidad, pasados los cincuenta años; con algún retraso, ciertamente, pero no era por no haber conocido antes este medio seguro de llegar a un perfecto idealismo de pintor celestial. Su esposa, una señora envejecida por innumerables partos, agotada por la fidelidad y la virtud abrumadoras del maestro, no era ya más que la compañera que le daba la respuesta al rezar por la noche rosarios y trisagios. Tenía varias hijas que pesaban sobre su conciencia como un bochornoso recuerdo de vergonzosos materialismos; pero unas eran monjas profesas y otras iban camino de serlo, agrandándose la idealidad del artista conforme desaparecían de la casa estos testimonio de su impureza é iban a ocultarse en los conventos, donde sostenían el prestigio artístico del padre.
Algunas veces el gran pintor vacilaba ante una Purísima, que era siempre la misma, como si la pintase con trepa. Entonces hablaba misteriosamente a su discípulo:
— Marianito, avisa mañana a los señores que no vengan. Tenemos modelo.
Y cerrado el estudio a los sacerdotes y demás amigos respetables, llegaba Rodríguez, un guardia municipal, pisando fuerte, con la colilla bajo el recio bigote de púas salientes y una mano en la empuñadura del sable. Expulsado de la Guardia Civil por borracho y cruel, al verse sin ocupación, no se sabe por qué extraña iniciativa, se dedicó a modelo de pintor. El devoto artista, que le tenía cierto miedo, acosado por sus continuas peticiones, le había alcanzado este empleo de guardia municipal, y Rodríguez aprovechaba todas las ocasiones para manifestar su agradecimiento de mastín, golpeando los hombros del maestro con sus manazas y echándole a la cara su resuello de nicotina y alcohol.
— ¡Don Rafael! ¡Usted es mi padre! Al que le toque a usted, le corto esto, aquello y lo de más allá.
Y el místico artista, satisfecho interiormente de esta protección, ruborizábase y agitaba las manos protestando de la franqueza de aquel bruto que llamaba por sus nombres a las cosas ocultas que deseaba cortar.
Arrojaba su kepis en el suelo, entregaba a Mariano el pesado chafarote y, como hombre que sabe su obligación, sacaba del fondo de un arca una túnica de lana blanca y un guiñapo azul en forma de manto, colocando ambas prendas sobre su cuerpo con la maestría de la costumbre.
Mariano le miraba con ojos de asombro, pero sin ninguna tentación de reir. Eran misterios del arte; sorpresas que sólo estaban reservadas a los que, como él, tenían la suerte de vivir en la intimidad de un gran maestro.
— ¿Estamos, Rodríguez?—preguntaba impaciente don Rafael.
Y Rodríguez, erguido dentro de su bata de baño, con el andrajo azul pendiente de los hombros, juntaba las manos y elevaba su mirada feroz al techo, sin dejar de chupar la colilla que le chamuscaba el bigote. El maestro sólo necesitaba el modelo para los paños de la imagen, para estudiar el plegado del celeste vestido, el cual no debía revelar el más leve indício de humanas redondeces. Jamás había pasado por su imaginación la posibilidad de copiar a una mujer. Era caer en el materialismo, glorificar la carne, llamar a la tentación. Con Rodríguez bastaba: había que ser idealista.
El modelo seguía en su mística actitud, con el cuerpo perdido en los innumerables pliegues de su vestidura azul y blanca, asomando por debajo de ésta las puntas romas de sus botas de ordenanza, irguiendo su cabeza grotesca y chata, rematada por una pelambrera hirsuta, tosiendo y carraspeando con el humo de su cigarro, sin dejar de mirar a lo alto ni separar sus manazas juntas en ademán de adoración.
Algunas veces, fatigado del mutismo laborioso del maestro y el discípulo, Rodríguez lanzaba algunos mugidos que poco a poco tomaban forma de palabras y acababa por enfrascarse en el relato de las hazañas de su época heroica, cuando era guardia civil y «podía darle un mal golpe a cualquiera pagando después con un papel». La Purísima se enardecía con estos recuerdos. Se separaban sus manazas con un temblor de voluptuosidad homicida; se descomponían los rebuscados pliegues: sus ojos veteados de sangre ya no miraban a lo alto, y hablaba con voz bronca de tremendas palizas, de hombres agarrados por su parte más sensible que caían al suelo enroscándose de dolor, de fusilamientos de presos que después se presentaban como fugas; y para dar mayor relieve a esta autobiografía declamada con bestial orgullo, salpicaba sus palabras de interjecciones que tan pronto aludían a las partes más intimas del organismo humano, como faltaban a todo respeto a los primeros personajes de la Corte celestial.
— ¡Rodríguez! ¡Rodríguez!—exclamaba horrorizado el maestro.
— ¡Á la orden, don Rafael!
Y la Purísima , después de pasarse la colilla de un lado a otro de la boca, juntaba otra vez las manos, se estiraba, haciendo asomar por debajo de la túnica los pantalones con franja roja, y perdía su mirada en lo alto, sonriendo con éxtasis, como si contemplase en el techo todas sus heroicidades, de las que se sentía orgulloso.
Mariano desesperábase ante su lienzo. Era incapaz de pintar otra cosa que aquello que veía, y su pincel, después de reproducir la vestidura blanca y azul, deteníase vacilante en la cabeza, llamando en vano el auxilio de la imaginación. Era la carátula grotesca de Rodríguez la que surgía del lienzo, después de vanos esfuerzos.
Y el discípulo admiraba sinceramente la habilidad de don Rafael, aquella cabeza pálida velada por la luz de su nimbo, un rostro bonito é inexpresivo de belleza infantil que sustituía en el cuadro a la feroz testa del municipal.
Este escamoteo le parecía al joven la muestra más asombrosa del arte. ¡Cuándo llegaría él a la fácil prestidigitación de su maestro!
Con el tiempo fué marcándose aún más esta diferencia entre don Rafael y su discípulo. En la escuela le rodeaban los compañeros, reconociendo su superioridad y elogiando sus dibujos. Algunos profesores, enemigos del maestro, lamentaban que tan buenas disposiciones pudieran perderse al lado de aquel pintasantos . Don Rafael miraba con asombro lo que hacía Mariano fuera de su estudio; figuras y paisajes directamente observados que, según él, respiraban la b********d de la vida.
Su tertulia de graves señores comenzaba a reconocer cierto mérito en el discípulo.
— No llegará nunca a la altura de usted, don Rafael—decían.—Carece de unción, no tiene idealismo, no pintará una buena imagen, pero como pintor mundano irá lejos.
El maestro, que amaba al muchacho por su carácter subordinado y su pureza de costumbres, intentaba en vano hacerle seguir el buen camino. Con sólo imitarle tenía la fortuna hecha. Él moriría sin sucesor y su estudio y su fama serían para él. No tenía más que ver como poco a poco, cual una buena hormiga del Señor, había ido creándose con el pincel una fortunita. A fuerza de idealismo tenía su quinta allá en el pueblo y un sinnúmero de campos, cuyos arrendatarios venían a visitarle en el estudio, entablando ante las poéticas imágenes interminables discusiones sobre el pago y cuantía de los arrendatarios. La Iglesia era pobre por culpa de la impiedad de la época; no podía pagar tan generosamente como en otros siglos; pero los encargos menudeaban, y una Virgen con toda su pureza era asunto de tres días... Mas el joven Renovales torcía el gesto dolorosamente, como si le exigieran un sacrificio doloroso.
— No puedo, maestro. Soy un imbécil; no sé inventar. Sólo pinto lo que veo.
Y cuando comenzó a ver cuerpos desnudos en la clase llamada del natural, se entregó con furia a este estudio, como si la carne le produjese la más fuerte de las embriagueces. Don Rafael se aterró, sorprendiendo en los rincones de su casa bocetos que reproducían vergonzosas desnudeces con toda su realidad. Además, producíanle cierto malestar los adelantos del discípulo; veía en su pintura un vigor que él no había tenido nunca. Hasta notaba cierta defección en su tertulia de admiradores. Los buenos canónigos admiraban, como siempre, sus vírgenes; pero algunos de ellos se hacían retratar por Mariano, elogiando el acierto de su pincel.
Un día abordó a su discípulo con resolución.
— Ya sabes que te quiero como a un hijo, Marianito; pero a mi lado pierdes el tiempo. Nada te puedo enseñar. Tu sitio está en otra parte. He pensado que podías irte a Madrid. Allí están los de tu cuerda.
Su madre había muerto; su padre seguía en la fragua, y al verle llegar con unos cuantos duros, producto de los retratos que había hecho, apreció esta cantidad como una fortuna. Parecíale imposible que hubiera quien diese dinero a cambio de colorines. Una carta de don Rafael le convenció. Ya que aquel señor tan sabio aconsejaba que su hijo fuese a Madrid, él debía conformarse.
— A Madrid, hijo, y procura ganar dinero pronto, que el padre está viejo y no siempre podrá ayudarte.
A los dieciséis años cayó Renovales en Madrid, y viéndose solo, sin más guía que su voluntad, se entregó con furia al trabajo. Pasó las mañanas en el Museo del Prado, copiando todas las cabezas de los cuadros de Velázquez. Creyó que hasta entonces había vivido ciego. Además, trabajaba en un estudio abuhardillado con otros compañeros, y por las noches pintaba acuarelas. Con la venta de éstas y de algunas copias, iba rellenando los vacíos que dejaba en su subsistencia la corta pensión enviada por el padre.
Recordaba con nostalgia estos años de estrechez, de verdadera miseria: las noches de frío en el mísero camastro; las comidas irritantes, de misteriosos ingredientes, en una taberna cercana al teatro Real: las discusiones en un rincón de un café, bajo las miradas hostiles de los camareros, escandalizados de que una docena de melenudos ocupasen varias mesas para tomar en junto tres cafés y muchas botellas de agua...
La alegre juventud soportaba sin esfuerzo estas miserias, y en cambio, ¡qué hartazgo de ilusiones, qué banquete esplendoroso de esperanzas! Cada día un nuevo descubrimiento. Renovales corría como un potro salvaje por los dominios del arte, viendo abrirse ante él nuevos horizontes, y su galope levantaba un estruendo de escándalo que equivalía a prematura celebridad. Los viejos decían de él que era el único muchacho «que se traía algo»; sus compañeros afirmaban que era un «pintorazo», y en su afán iconoclasta, comparaban sus obras inexpertas con las de los maestros consagrados y antiguos, «miserables burgueses del arte», sobre cuyas calvas creían necesario escupir su bilis, afirmando de este modo la superioridad de la nueva generación.
Las oposiciones de Renovales para alcanzar la pensión en Roma, equivalieron a una revolución. La juventud, que sólo juraba por él y le tenía por glorioso capitán, se agitó amenazante con el temor de que los viejos sacrificasen a su ídolo.
Cuando al fin su manifiesta superioridad le hizo alcanzar la pensión, hubo banquetes en su honor, sueltos en los periódicos, se publicó su retrato en las revistas ilustradas, y hasta el viejo herrero hizo un viaje a Madrid para respirar, conmovido y lloroso, una parte del incienso que tributaban a su hijo.
En Roma esperaba a Renovales una cruel decepción. Sus compatriotas le recibieron con cierta frialdad. Los jóvenes le miraban como a un rival, aguardando sus próximas obras con la esperanza de una caída; los antiguos, que vivían lejos de la patria, le examinaron con malévola curiosidad. «¡Conque aquel mocetón era el hijo del herrero, que tanto ruido metía entre los ignorantes de allá!... Madrid no era Roma. Ahora verían ellos lo que aquel genio sabía hacer.»
Renovales no hizo nada en los primeros meses de su estancia en Roma. Contestaba encogiéndose de hombros a los que con aviesa intención le preguntaban por sus cuadros. Él había ido allí, no a pintar, sino a estudiar: para esto le mantenía el Estado. Y pasó más de medio año dibujando, siempre dibujando, en los museos famosos, donde estudiaba, carbón en mano, las obras célebres. Las cajas de colores permanecían sin abrir en un rincón de su estudio.