III La vida de Renovales fué otra. Enamorado de su mujer, temiendo que ésta notase alguna falta en su bienestar y pensando con cierta inquietud en aquella viuda de Torrealta, que podía quejarse de que la hija del «ilustre diplomático, de imperecedero recuerdo», no era feliz, por haber descendido a unirse con un pintor, trabajaba tenazmente para mantener con el pincel las comodidades de que había rodeado a Josefina. Él, que tanto había despreciado el arte industrial , la pintura por dinero a que se entregaban sus camaradas, imitó a éstos, pero con la vehemencia que ponía en todas sus empresas. En ciertos estudios levantó gritos de protesta este competidor incansable que abarataba escandalosamente los precios. Había vendido su pincel, por un año, a uno de aquellos mercaderes judí

