Cesó en sus paseos agitados, deteniéndose ante el retrato, fijando en él su mirada. — Figúrate, Pepe—dijo en voz baja, mirando antes instintivamente hacia la puerta, con aquel eterno miedo a ser oído por su esposa en estos entusiasmos artísticos.—Figúrate... si esta mujer se desnudase; si yo pudiera pintarla tal como es seguramente. Cotoner rompió a reir con una expresión de fraile malicioso. — Una gran cosa, Mariano, una obra maestra. Pero no querrá. Tengo la certeza de que se negaría a desnudarse, y eso que debe haberlo hecho delante de más de uno. Renovales agitó sus brazos y levantó los ojos con expresión de protesta. — ¿Y por qué no quieren?... ¡Qué rutina! ¡Qué vulgaridad! En su egoísmo de artista, imaginábase creado el mundo sin otro objeto que el de mantener a los pintores

