El frío mármol del registro civil le helaba la espalda, pero no tanto como la decisión que estaba a punto de tomar.
Simone sostenía el bolígrafo con los dedos temblorosos, su pulso estaba desbocado traicionando la calma que intentaba fingir.
Frente a ella, el hombre con el que se casaría permanecía estoico, su expresión era una máscara impenetrable.
No se conocían, ni lo harían. Solo un nombre en un papel, una firma que cambiaría sus vidas de maneras distintas.
Apretó los labios, tragándose el nudo amargo en su garganta.
¿Qué importaba lo que sentía?
Su hermana estaba muriendo, y esta transacción, porque no podía llamarla de otra forma, era su única esperanza.
La amiga de su madre le había asegurado que solo debía firmar, tomar el dinero y seguir con su vida.
Pero, ¿cómo seguiría con su vida cuando cada fibra de su ser le gritaba que estaba vendiendo su libertad, su soltería, su identidad a un hombre cuya sombra ya la asfixiaba?
El sonido de la pluma rascando el papel fue ensordecedor, más fuerte que los murmullos de los empleados, más fuerte que su propia respiración entrecortada.
Simone sintió que el mundo se cerraba sobre ella, un peso invisible estaba aplastándole el pecho. Cuando terminó de firmar, levantó la mirada y lo encontró observándola.
No había dureza en sus ojos, tampoco calidez. Solo un reconocimiento frío, como si ambos entendieran que, en esa oficina sin amor ni promesas, acababan de sellar un destino que nunca pidieron.