Dmitri salió de la habitación del hotel con pasos pesados, el ceño fruncido y la mandíbula apretada. Llevaba solo la chaqueta, el pecho completamente descubierto, la piel marcada por los juegos de Sasha, pero lo que más llamaba la atención era su expresión rabiosa. Caronte, que esperaba afuera, se apresuró a alcanzarlo. Se moría por preguntar qué demonios había pasado ahí dentro, pero prefirió callar. Su jefe no se veía feliz. No tenía esa expresión de satisfacción después de estar con una mujer. No, se veía amargado. Golpeaba una mano con el puño de la otra. Y él, que lo conocía mejor que nadie, sabía que esa actitud solo significaba una cosa: Dmitri estaba furioso porque había perdido algo. Pero, ¿qué podía haber perdido si había llevado a una mujer a su cama? Caronte lo sigui

