El corazón de Simone latía con fuerza, su cuerpo entero temblaba. Estaba atrapada.
Simone sintió cómo su corazón martillaba contra su pecho.
¿Por qué estaba aquí?
¿La había reconocido? ¿La había estado buscando todo este tiempo? ¿Sabía quién era ella detrás de esa máscara?
Mantuvo su postura firme, aunque sus piernas parecían de gelatina.
No, eso era imposible.
Dmitri Vasiliev no era un hombre que buscara lazos, mucho menos una esposa que solo existía en papeles. Él había pagado para casarse sin siquiera mirarla a los ojos.
Y sin embargo, ahí estaba.
Recostado en su asiento, con una copa de vino en la mano, mirándola con el mismo interés con el que un rey observa a un nuevo entretenimiento.
—Toma asiento —repitió él, su tono bajo y seguro.
Simone tragó saliva y obedeció.
El encaje de su falda rozó sus muslos cuando se acomodó en la silla. Sentía la mirada de Dmitri sobre ella, recorriéndola con una lentitud casi cruel.
—Bailas bien —comentó con indiferencia, como si estuviera hablando del clima.
—Gracias —murmuró Simone, con la voz apenas audible.
¿Qué esperaba que dijera?
Dmitri dio un leve sorbo a su vino y dejó la copa sobre la mesa con precisión milimétrica.
—No esperaba encontrar algo tan interesante esta noche.
Simone mantuvo la mirada fija en la mesa, sintiendo la tensión envolviéndola como una cuerda apretada. ¿Sabía quién era ella?
Pero Dmitri no parecía diferente a cualquier otro hombre que la veía bailar. No había sorpresa en sus ojos.
Y entonces lo entendió.
No la había reconocido.
No tenía idea de que la mujer que estaba frente a él, la que había cautivado su atención en la tarima, era la misma que había firmado un acta de matrimonio con él días atrás.
Dmitri solo estaba allí por diversión.
Como siempre.
Había oído rumores de él. Un libertino, un hombre que huía de los compromisos con la misma facilidad con la que encendía un cigarrillo. Y por supuesto, su matrimonio falso había sido solo una estrategia.
Figurar con una esposa para asegurarse la herencia de su abuelo.
Nada más.
Simone sintió una mezcla de alivio y rabia.
Alivio, porque no la había buscado.
Rabia, porque la ironía de la situación era absurda.
Dmitri entrecerró los ojos y ladeó la cabeza.
—Pareces nerviosa.
Simone parpadeó y forzó una sonrisa.
—No estoy acostumbrada a clientes tan importantes.
Él sonrió de lado, con esa arrogancia natural que solo los hombres como él tenían.
—¿Y cómo sabes que soy importante?
Simone dejó que una risa suave escapara de sus labios.
—Un hombre que hace que desinfecten una mesa antes de sentarse, que viene con tres guardaespaldas y que pone fajos de billetes en una bandeja sin siquiera contar… no es un cliente común.
Dmitri soltó una carcajada baja, genuina.
—Vaya… además de hermosa, eres observadora.
Simone solo inclinó la cabeza.
Dmitri la estudió en silencio por unos segundos, y luego, con una lentitud calculada, deslizó un sobre n***o sobre la mesa en su dirección, era el indicativo que tenía el bar para que las chicas supieran que ya estaba pago el servicio, con ese sobre reclamaban el pago. Simone lo tomó, lo dobló y lo guardo en un pequeño bolsillo que tenía su falda.
—Te quiero para mí esta noche.
Simone sintió el poder en cada una de sus palabras.
La pregunta era… ¿hasta dónde estaba dispuesta a llegar?
Simone tomó aire, tratando de que su voz no temblara cuando habló.
—El cliente siempre tiene la razón —murmuró, pronunciando con calma cada palabra. No había vuelta atrás.
Dmitri sonrió de lado, disfrutando su respuesta.
—Me alegra escuchar eso.
Simone desvió la mirada por un segundo, tratando de encontrar un punto fijo en la mesa que la ayudara a no sucumbir al pánico.
—Solo tengo una condición.
Dmitri arqueó una ceja, divertido.
—¿Condición?
—Sí —tragó saliva—. No quiero quitarme la máscara.
El silencio que siguió fue espeso.
Dmitri la observó con detenimiento, como si estuviera calculando cada motivo posible detrás de su petición. Luego, inclinó la cabeza y esbozó una sonrisa felina.
—No es un inconveniente.
Simone sintió que su cuerpo se relajaba apenas un poco, hasta que él añadió con un tono más bajo, casi desafiante:
—Siempre y cuando me complazcas de la manera en que lo deseo.
Ella se tensó, pero mantuvo la compostura. Sabía que no sería fácil.
Dmitri tomó su copa de vino y bebió un sorbo lento antes de dejarla nuevamente en la mesa.
—Será un trato.
Simone asintió con discreción, evitando que sus manos delataran su nerviosismo.
—Bien —dijo Dmitri, apoyándose en el respaldo de su asiento—. Nos iremos a otro lugar.
Ella frunció el ceño por un instante.
—¿A otro lugar?
—No me expongo en sitios como este —su voz se tornó más seria, más cortante—. Sería darle la oportunidad a mis enemigos de atacarme.
Simone sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Claro… su fama no era un simple rumor.
Dmitri Vasiliev no era solo un hombre rico. Era un hombre peligroso.
Y ahora estaba a punto de entrar en su mundo.
Simone sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda cuando uno de los guardaespaldas de Dmitri se acercó a ella. Era un hombre alto, robusto, con una expresión impasible que no daba lugar a discusiones.
—Vamos —ordenó con voz grave, extendiendo una mano.
Simone tragó saliva y dudó por un segundo antes de posar su mano sobre la suya. Era ahora o nunca.
El contacto era firme, casi dominante, y cuando el hombre comenzó a caminar, Simone tuvo que apresurar el paso para seguirle el ritmo.
—¿Puedo llevar mis pertenencias? —preguntó, girando apenas la cabeza.
El guardaespaldas negó sin dudarlo.
—No puedes llevar celular, ni ningún otro objeto.
—¿Nada?
El hombre la miró de reojo y esbozó una media sonrisa.
—Solo tú y tu talento.
Simone sintió un nudo en la garganta, pero asintió sin protestar. Era parte del trato.
Cuando pasaron junto a la barra, sus ojos se cruzaron con los del encargado. Su única figura de apoyo en aquel lugar. No dijo nada, solo levantó una mano en un gesto de despedida.
El hombre inclinó levemente la cabeza, en un gesto silencioso de advertencia o quizás de resignación.
Y entonces, Simone cruzó el umbral.
Dejó atrás la música, las luces, el bullicio de los clientes embelesados con otras bailarinas. A partir de ese momento, estaba a merced del hombre que había pagado por su servicio.
El auto de Dmitri desapareció en la noche, dejando solo el brillo fugaz de sus luces traseras. Simone, sentada en el asiento trasero del vehículo del guardaespaldas, no se atrevió a preguntar nada.
El silencio dentro del auto era espeso. Solo se escuchaba el rugido del motor y el sonido lejano de la ciudad nocturna.
Dmitri conservaba las apariencias en todo. Ni siquiera la llevaría en el mismo auto. Todo debía mantenerse bajo control, sin riesgos, sin cabos sueltos.
El guardaespaldas que conducía mantenía la vista fija en la carretera, sin inmutarse. El que iba a su lado revisaba el celular de vez en cuando, sin prestarle atención.
Simone entrelazó los dedos sobre su regazo y respiró hondo. «No preguntes, no hables, no muestres miedo», se repetía mentalmente.
El viaje se sintió eterno, aunque no debió durar más de quince minutos.
El auto se detuvo frente a un gran hotel. Un edificio imponente, de esos en los que las paredes de vidrio reflejaban las luces de la ciudad como un espejismo de lujo y poder.
La puerta trasera se abrió y el guardaespaldas que la había escoltado antes extendió la mano.
—Baja.
Simone obedeció, sosteniéndose levemente de su brazo mientras sus tacones tocaban el suelo firme. El aire nocturno le acarició la piel expuesta de los hombros, provocándole un escalofrío.
—Sígueme.
El hombre la guió a través del lobby del hotel. Simone se sintió fuera de lugar entre el mármol pulido, las lámparas de cristal y los pasillos con alfombras de un rojo tan intenso que parecía absorber cada paso que daba.
Era un mundo diferente. Uno en el que ella no pertenecía.
Llegaron al ascensor, y en cuanto las puertas se cerraron, el guardaespaldas presionó el botón del piso 8.
El sonido de la maquinaria ascendiendo rompió el silencio. Simone evitó mirarse en el espejo del ascensor, como si temiera ver reflejado el error de su propia decisión.
Cuando las puertas se abrieron, caminaron por un pasillo largo e impecable hasta detenerse frente a la habitación 76.
El guardaespaldas llamó a la puerta.
Segundos después, la puerta se abrió y otros dos guardaespaldas de Dmitri salieron. Sus miradas eran frías y evaluadoras.
Uno de ellos asintió levemente.
—Puedes entrar.
Simone respiró hondo y dio un paso adelante.
A partir de ese momento, todo dependía de él.
Simone sintió el golpe del aire frío apenas cruzó el umbral. La temperatura en la habitación era gélida, un contraste brutal con el calor sofocante del club. Un escalofrío le recorrió la espalda, y su piel se erizó al instante.
Dmitri, sentado en un lujoso sillón de cuero, lo notó de inmediato.
—¿Frío? —preguntó con una sonrisa burlona.
Simone se obligó a mantenerse firme.
—Un poco.
Dmitri soltó una risa baja y se puso de pie con la elegancia de un depredador que mide cada uno de sus movimientos.
Caminó hacia un mueble de madera oscura, donde descansaba una botella de licor junto a dos copas de cristal. El sonido del líquido cayendo fue lo único que rompió el silencio.
—Bebe —ordenó, tendiéndole una copa mientras se sentaba frente a ella.
Simone dudó.
Sus dedos se cerraron alrededor del cristal frío, y por un momento, pensó en todas las historias que había investigado sobre el hombre que ahora era su esposo.
Un hombre despiadado, implacable, que eliminaba cualquier amenaza sin pestañear.
Dmitri notó su vacilación y sonrió con burla.
—¿Acaso temes que te envenene?
Simone sostuvo su mirada con valentía, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
—No estoy acostumbrada a recibir bebidas de extraños.
Dmitri inclinó levemente la cabeza, como si evaluara su respuesta. Luego, sin apartar la vista de ella, llevó su propia copa a los labios y bebió un sorbo largo.
—Ahora no tienes excusa.
Simone soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo. No tenía opción. Bebió un poco del licor, sintiendo el ardor recorrerle la garganta.
Mientras el líquido quemaba en su interior, un pensamiento oscuro la golpeó.
«Si supiera que soy su esposa… Me mataría en este mismo instante. No permitiría que alguien como yo arruinara su reputación».
La idea la estremeció más que el frío del aire acondicionado.
Dmitri la observaba con interés.
—Dime… ¿Cuál es tu nombre?
Simone parpadeó. No podía decirle su verdadero nombre.
—Sasha Storm —respondió sin titubear.
Dmitri sonrió, divertido.
—Sasha… Suena exótico.
Ella asintió y se llevó la copa a los labios de nuevo, tratando de ahogar en alcohol el peligroso juego en el que estaba a punto de entrar.
Dmitri giró la copa en su mano con un aire distraído, aunque su mirada no se apartaba de Simone. Sus ojos, intensos y fieros, la analizaban con un interés peligroso.
—Baila para mí —ordenó, su voz grave y firme.
Simone sintió un escalofrío. No por miedo, sino por la forma en que él lo dijo, como si su voluntad fuera absoluta, como si no pudiera existir una negativa.
Tomó aire y se puso de pie. Era su trabajo, su arte. No importaba que estuviera sola con él en esa habitación ni que el aire gélido siguiera erizándole la piel. Ella sabía moverse, sabía seducir.
Empezó lento, con pasos suaves, midiendo cada uno de sus movimientos. Dmitri se acomodó en su asiento, con una mano apoyada en el reposabrazos y la otra sosteniendo su copa, observándola con un interés oscuro, peligroso.
Simone se dejó llevar por la música imaginaria en su cabeza. Su cadera se balanceó con sensualidad, sus manos recorrieron su propio cuerpo con delicadeza, como si fueran las de un amante invisible. Sus piernas se deslizaron congracia sobre la alfombra mullida, y cada giro, cada pausa en su danza, era una provocación silenciosa.
Dmitri apretó la mandíbula. Había visto muchas mujeres bailar. Había pagado por espectáculos de lujo, por cuerpos perfectos que se movían con técnica impecable.
Pero ella... Ella era distinta.
Había algo en la forma en que lo miraba detrás de esa máscara, en cómo cada movimiento parecía estar hecho solo para él. Como si ya se conocieran.
Dmitri entrecerró los ojos. Una sensación extraña lo invadió. ¿Por qué sentía que ya había visto ese cuerpo antes?
La idea lo irritó. No quería conexiones, no quería recuerdos.
Solo quería poseerla.
Pero cuando pensó en otros hombres viendo esa misma danza, en manos extrañas tocándola, en labios desconocidos deseándola, un fuego oscuro le recorrió la sangre.
Era rabia, no acostumbraba a compartir nada con nadie.
Un sentimiento feroz y primitivo, uno que no solía permitirse.
Simone seguía bailando, ajena a latormenta que se desataba en su mente.
Dmitri dejó su copa en la mesa de golpe.
—Basta.
Ella se detuvo al instante, respirando con algo de agitación. Sus ojos buscaron los de él, pero Dmitri solo la observaba con intensidad.
Luego, él habló, con una certeza que no dejaba lugar a dudas.
—Te quiero exclusiva para mí. —Simone sintió un latido errático en su pecho.
—¿Exclusiva?
Dmitri se inclinó hacia adelante, con una media sonrisa oscura.
—Ya encontraré la forma de retenerte solo para mis servicios.
Y Simone supo, en ese instante, que acababa de meterse en la boca del lobo.