Dejó el vaso sobre el escritorio y se quitó la corbata. Se soltó dos botones de la camisa, sintiendo que su cuerpo ardía de tanto pensar. Entonces, de un momento a otro, la puerta se abrió. Carlota entró fingiendo toser y caminar encorvada. —Vine a trabajar, tal como me lo pediste, jefe. Dmitri rodó los ojos. —Qué sacrificada. —Además, me enviaron a preguntar si puedes atender algunas preocupaciones del personal. Dmitri respiró hondo y exclamó: —Bien. Iré a ver qué desean. Cuando se acercó al área común, la mayoría del personal estaba reunido. Un encargado, el más osado, dio un paso adelante. —Señor, queremos informarle sobre un problema grave. Dmitri cruzó los brazos y esperó. —Es sobre Simone Ricci. Dmitri no reaccionó. El hombre carraspeó y continuó: —Se ha vuelto una am

