La noche había caído como un telón espeso sobre la casa, y la luz de la luna entraba apenas por las altas ventanas del ala sur, proyectando formas que se deslizaban por las paredes como sombras antiguas. Elara volvió a ese lugar sin hacer ruido. Lucius dormía —o al menos eso quería creer—. Después de lo que había sucedido entre ellos, el silencio que había seguido no era incomodidad, sino algo más profundo, reverente. Como si el deseo compartido hubiera abierto una grieta en ambos. Una grieta por la que ahora, más que nunca, la verdad amenazaba con filtrarse. La llave estaba donde la recordaba: en la pequeña grieta bajo el busto de mármol en el pasillo. Sus dedos la tomaron con seguridad, aunque su corazón latía como un tambor lejano. La cerradura del ala sur cedió con un clic suave. E

