Elara no sabía cuánto tiempo había pasado desde la última oleada que la arrastró hacia los límites más profundos del placer, solo sabía que aún estaba temblando. Su piel estremecida parecía más delgada, más viva, más vibrante. Como si cada nervio estuviera recién despertado, ardiendo en una conciencia nueva y degustandose en ella. Lucius, por su parte, estaba a su lado, acariciando su muslo con una ternura que contrastaba con la intensidad que aún vibraba en su cuerpo masculino. Él la miró. Sus ojos eran brasas que no se apagaban. —No he terminado contigo —susurró, con voz grave y una sonrisa de lado. Elara lo sintió como una promesa y hasta su alma se estremeció con sus palabras. Lucius se incorporó, con el cuerpo desnudo bañado por la luz dorada del fuego, su musculatura iluminada po

