Elara no pudo dormir. Desde la conversación con el ama de llaves, una inquietud le devoraba el pecho como una polilla atrapada. La mención de su madre le había revuelto las entrañas. Siempre supo que su madre había muerto joven, o al menos eso le dijeron en el convento. Pero en la voz quebrada de aquella mujer había otra historia. Algo no dicho. Algo que dolía. Algo demasiado humano para ser ficción y demasiado oscuro para ser verdad. Esa noche, su mente era un laberinto de sombras, recuerdos inventados y sospechas que no sabía cómo nombrar. Apenas pasadas las tres, salió de su habitación en silencio. La mansión dormía, pero el aire estaba denso, casi cargado de presagios. El vestido blanco que llevaba se pegaba a su piel como un suspiro olvidado. Sus pasos descalzos se amortiguaban en la

