La mañana llegó con una tibieza engañosa. Elara despertó temprano, aún con el olor de los jazmines en la nariz y la imagen de los lirios blancos tatuada en los párpados cerrados. No fue el sueño en sí lo que la empujó a levantarse, sino la certeza persistente de que "no era sólo un sueño." Se vistió sin pensar demasiado, y bajó las escaleras descalza. Nadie la detuvo. Nadie la vio salir. La mansión aún dormía bajo la sombra de sus secretos. El jardín estaba cubierto de rocío. Elara caminó con cautela, recordando cada brizna de niebla, cada rincón del paisaje soñado. No sabía bien qué buscaba hasta que la vio: una pequeña elevación de tierra al fondo del terreno, donde la maleza crecía más tupida, como si algo debajo intentara esconderse. Se inclinó. Las manos le temblaban mientras apar

