Había empezado a llover. El sonido de las gotas contra los ventanales amplificaba el silencio, como si la casa también contuviera la respiración. Llevaba horas en la biblioteca, fingiendo leer. Pero las letras se mezclaban como tinta en el agua. Desde que había tocado el piano, algo se había abierto dentro de mí. Una puerta. Un eco. Una herida antigua que aún no sangraba, pero ardía. Y el sueño no había ayudado a saciar esa sed pues la imagen de él, mi misterioso tutor seguía en mi mente, clavada en mi retina. La imagen de él y esa mujer de la que estaba segura era mi madre. Lo sabía, íntimamente, interiormente. Así que no dormí. No comí. Y sin embargo, me sentía viva. Aterradoramente viva. Como si una electricidad subterránea me recorriera por dentro, removiendo todo lo que creía enten

