La lluvia caía mansamente sobre los vitrales del ala este. Era una sinfonía discreta que acompañaba el silencio de Elara mientras caminaba de manera silenciosa por el pasillo oscuro mientras pensaba. La noche anterior la había dejado alterada. Por decir algo. El sueño aún la envolvía como un eco en la piel del que no podía sacudirse por completo por más que lo intentara. Y no solo no podía dejar de pensar en lo que había sentido. En Lucius. En la melodía. En el reflejo. En esa extraña conexión.
Y sobre todo… en su madre.
Había estado evitándolo. Hasta ahora.
Lo encontró en la biblioteca, de pie frente a una estantería polvorienta, hojeando un libro con las tapas gastadas. Lucius no alzó la mirada cuando ella entró, pero su voz la envolvió, profunda y aterciopelada.
—¿No podías dormir… otra vez? —inquirió con algo que le pareció sarcasmo.
—No vine por eso —dijo ella. Su tono era más firme de lo que esperaba.
Él levantó los ojos, lento, como si le costara arrancar su atención de las palabras impresas.
—¿Entonces? —respondió alzando una ceja.
Elara respiró hondo.
—Quiero saber sobre mi madre.
Lucius cerró el libro con cuidado. Lo dejó sobre la mesa y se acercó a la ventana. La luz gris del exterior lo delineaba como una escultura tallada en sombras.
—¿Por qué ahora? —inquirió con curiosidad.
—Porque la melodía que toqué… la vi en mi mente. Como si alguien me la hubiese enseñado antes. Como si estuviera en mí desde siempre. Y no sé de dónde vino. Y quiero saber... Quiero entender.
Lucius giró apenas la cabeza, lo suficiente para que ella viera la curva de su mandíbula con su barba perfectamente recortada.
—Eso es lo que hacen las madres, ¿no? Dejar algo de sí en sus hijas.
Elara se acercó con cautela, sin dejar de observarlo.
—¿La conociste?
—Muy bien —dijo él.
—¿Quién era?
Lucius exhaló despacio.
—Una mujer... científica. Brillante. Obsesiva. Increíblemente hermosa. Maravillosamente talentosa. Hay quiénes dirían que era una alquimista. En otro tiempo supongo que eso hubiera sido.
La palabra 'hermosa' flotó entre ellos como un roce.
Elara bajó la mirada.
—¿Solo eso fue para ti? ¿Una mente brillante? ¿Un rostro hermoso? —su voz salió punzante muy a su pesar pues por un momento sintió una mezcla de celos y algo más.
Lucius se volvió completamente hacia ella entonces. Sus ojos oscuros la buscaron como si quisieran traspasarla.
—Fue… mucho más.
Elara sintió que la piel se le erizaba.
—¿Te enamoraste de ella?
Lucius no respondió de inmediato. Dio un paso hacia ella. Luego otro. Se detuvo a pocos centímetros, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo. O su frío. No podía distinguirlo.
—Me enamoré de su mente. De su fuego. De la forma en que veía el mundo… y de la forma en que dejó de verlo cuando empezó a pensar en tí.
—¿En mí?
Lucius asintió.
—Digamos que su existencia no fue un mero accidente de la naturaleza.
Elara retrocedió un paso.
—¿Qué quieres decir?
Él suspiró.
—Creo que aún no estás preparada.
—Sí lo estoy, y ya no soy una niña merezco saber la verdad.
—La verdad es que tu madre era una científica de genética avanzada. Y que fue perseguida por aquello que descubrió. Pero antes de desaparecer… te dejó escondida. A salvo. Sabía que vendrían por tí y quería salvarte, salvarnos.
Elara parpadeó, confundida.
—¿Salvarnos?
Lucius no contestó.
Ella se frotó los brazos, como si un frío antiguo se filtrara en sus huesos.
—Yo...No estoy segura de entender ¿Solo estás interesado en mí porque me parezco a ella?
La pregunta salió más dura de lo que esperaba.
Lucius bajó la vista un instante.
—En parte, sí.
Elara lo miró, herida.
—Eso es enfermizo y asqueroso.
Él levantó la cabeza. Su mirada era distinta ahora. Cansada. Triste.
—Pero también sé que tú no eres ella. Nunca lo fuiste. Nunca lo serás. Lo tengo claro.
—¿Y qué soy entonces? ¿Qué eres tú?
Lucius tragó saliva.
Ella lo observó, midiendo cada línea de su rostro.
—¿Acaso...eres mi padre?
La pregunta cayó como una piedra en el agua.
Lucius cerró los ojos y luego los abrió muy lentamente. Su voz salió quebrada.
—Desde la última vez que lo chequeé… no puedo tener hijos. Así que no, no soy tu padre Elara.
Elara lo miró sin parpadear.
—Entonces, no lo eres.
—No. No soy tu padre.
Hubo un silencio cargado. Ella sentía cómo si algo invisible se tensara entre los dos, como un hilo hecho de electricidad y vacío.
—¿Entonces quién es? —preguntó Elara. La voz le tembló—. ¿Quién es mi padre?
Lucius dio un paso hacia ella. Tan cerca que sintió su aliento en los labios.
—Todavía no estás lista para saberlo.
—¿Por qué?
Él la miró con una intensidad que le hizo arder la piel.
—Porque cuando lo sepas, vas a tener que decidir en quién confiar. En lo que creés… o en lo que eres.
Elara tragó saliva.
—Es que... no entiendo nada.
Lucius alzó una mano y la apoyó en su mejilla.
Su piel era fría.
O ardiente.
O ambas cosas.
—Lo vas a entender —murmuró—. Cuando estés lista, la verdad se va a revelar sola.
Elara cerró los ojos. Se dejó tocar. Su cuerpo respondió como si lo conociera. Como si hubiera estado esperando ese contacto desde antes de nacer.
—Tengo miedo —susurró.
—Yo también.
Lucius se inclinó. Su frente rozó la de ella.
Elara sintió que todo su cuerpo se tensaba. El deseo y el miedo eran uno solo. El misterio era una sombra con forma humana, y la envolvía.
—¿Por qué me mirás así? —preguntó.
Lucius no contestó. Solo bajó la mirada a sus labios.
Y en ese momento, Elara supo que si él la besaba, se perdería para siempre.
Y aún así… no retrocedió.