Elara se encerró en su habitación sin mirar atrás. Corrió las cortinas, echó el cerrojo y se dejó caer en el suelo como una muñeca sin hilos. El camisón seguía desordenado, los labios le ardían y, entre las piernas, aún sentía un calor que la avergonzaba. El cuerpo le temblaba, no por frío, sino por una sensación que no sabía cómo nombrar. Placer. Culpa. Deseo. Miedo. Todo mezclado en un torbellino que no encajaba con lo que le habían enseñado en el convento. "No soy suya", pensó. "No puedo serlo." El llanto vino despacio, como una gotera que se acumula en el techo hasta romperlo. No lloraba como una niña, sino como quien pierde algo que ni siquiera sabía que tenía: su centro, su inocencia, su refugio. No supo en qué momento se durmió. Pero el sueño fue distinto. Más vívido. Como si l

